Educación

DESCUBRIR LA CONVIVENCIA


La convivencia, la comida compartida, es para los seres humanos una acción fuertemente simbólica. Es un momento único, en cierto modo sagrado, en el que un gesto material, como alimentarse, se convierte en espiritual: no se alimenta sólo el cuerpo sino también, y quizá sobre todo, el espíritu.



A LA HORA DE LA MESA...
Desde la cocina, como de costumbre, la mamá dice: “¡Está pronto!”. El padre, que leía el diario, y los dos hijos, que miraban la televisión y escuchaban música, se pusieron ruidosamente en la mesa y blandieron impacientemente los cubiertos. La madre llegó. Pero en lugar de la acostumbrada y perfumada entrada, puso en el centro de la mesa un montoncito de pasto. “¡Pero! -dijeron los tres varones- ¿Te has vuelto loca?”. La madre los miró y respondió tranquilamente: “¿Cómo podría haberme imaginado que se iban a dar cuenta? Cocino para ustedes desde hace veinte años, y en todo este tiempo, nunca he oído salir de sus bocas una palabra que me diera a entender que no estaban masticando pasto”.

En todas las culturas humanas, compartir la comida es una señal de fiesta. También en nuestra vida, los grandes acontecimientos han estado marcados por almuerzos y cenas especiales. La primera comunión, el matrimonio, y hasta el funeral, en muchas partes del mundo, son solemnizados con una comida distinta de la acostumbrada con la participación de las personas más queridas. También un título, un triunfo deportivo, un reencuentro entre amigos.

Comer juntos, en cierto modo, hace y ritualiza la fiesta. Por eso, comer juntos está enmarcado en una serie de reglas y etiquetas que lo enriquecen como un acto verdaderamente humano. Todo esto, en un tiempo, se relacionaba de cerca con la familia. Una señora me decía, con tono de lamento: “Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es el de mi padre cuando volvía a casa después del trabajo, a las seis y media del la tarde. Yo y mi hermano lo oíamos tocar el timbre varias veces, jugando, hasta que uno de nosotros iba a abrirle la puerta. Nosotros, generalmente, estábamos en la cocina, haciendo los deberes o mirando televisión, y gritábamos de entusiasmo al escuchar aquel familiar sonido. Bajábamos corriendo por la escalera, abríamos la puerta y él enseguida nos decía: ‘¿Cómo se apuraron tanto?’. Era el mejor momento mejor del día. Y hay otro recuerdo que me acompañará siempre... El de la cena: era un verdadero rito cotidiano. Nos sentábamos a la mesa todos juntos y él, apoyando una mano en el brazo de mamá, decía: ‘¿Ustedes dos saben que tienen la mamá más extraordinaria del mundo?´ Le gustaba repetir esa frase todas las noches”.

Encontrarse juntos en la mesa sirve para reforzar los lazos afectivos, para transformar el alimento que se come en energía útil para dar sentido a la existencia, para regalarse recíprocamente tiempo y solidaridad, para proponer juntos y transferir de uno a otro, una interpretación exigente de la vida.

ALGUNOS VALORES A MANTENER
También la familia de hoy, ocupada por los ritmos enloquecidos, los horarios incompatibles, y las mentalidades diferentes, tiene que reencontrar, en la medida de lo posible, el momento sagrado de la comida en común. Que puede convertirse, efectivamente, en el corazón pulsante de la educación familiar, un momento de intensa comunión y, por tanto, de intensa felicidad, porque está hecho de muchas cosas importantes.

Un horario a respetar, como el de un encuentro importante y gozoso. La preparación, en la que cada uno tiene que tener su parte, como gesto de servicio y de atención hacia los demás. Pequeños signos, como las servilletas bien plegadas, los cubiertos y los platos dispuestos con cuidado, alguna flor o una vela, hablan de la ternura del encuentro. Tiene que ser un momento de verdadera participación: no tiene que haber mayordomos ni mucamas. El modo de vestirse, acomodarse y servirse tiene que comunicar el respeto de los unos a los otros, con sencillez y agilidad, no con vaciedad ceremonial.

Mirando a los padres, los hijos aprenden ese “estar en la mesa con otros” que será fundamental para su vida social. Comer juntos conduce instintivamente a la convivencia y a la comunión: compartir el mismo alimento despierta el compartir de la vida. La atmósfera de por sí se hace espontáneamente gozosa y entonces es fácil abrirse al diálogo. Naturalmente, corresponde a los padres crear un clima de recambio auténtico, enseñando con el ejemplo qué importante es comunicar y escucharse mutuamente.

A los niños les gusta recordar con los padres las cosas que sucedieron durante el día, lo que hicieron o lo que vieron. Sentarse en paz a recordar los acontecimientos da significado e importancia a la jornada. Cosas que de otro modo se perderían o serían olvidadas, son recordadas y puestas en común, y las pequeñeces de la vida de todos los días -desde encontrar un insecto debajo una hoja hasta ir a buscar a la abuela- pueden ser revisadas y consideradas importantes.

Es bueno y útil también recordar si durante el día ha habido momentos difíciles -cuando los hijos han sido desobedientes o cuando los padres se han enojado, por ejemplo- si se hace de una manera que no llegue a causar enojos o no parezca un simple reproche. Es saludable para los niños comprender que podemos estar muy enojados con ellos, pero que después todo pasa, y la relación permanece intacta.

Para una madre o un padre, una cena o un almuerzo festivo pueden convertirse en un momento vital de transmisión de valores, juicios e ideas. Sin olvidar la necesidad de tener alguna vez alguna invitación para “comer afuera”, de tú a tú, entre esposa y esposo, o entre el padre y alguno de sus hijos. Es el mejor modo para fortalecer los vínculos personales. También Jesús lo ha hecho... Ha dicho las cosas más importantes de su vida durante un almuerzo o durante una cena, y la meta final de los cristianos es la llamada al “banquete eterno”.


Bruno Ferrero

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