Juventud

EUCARISTÍA Y JÓVENES


En el sueño de Don Bosco, la imagen de la eucaristía como pilar donde asegurar la barca de la comunidad eclesial, es muy fuerte. La afirmación de la eucaristía como principio y fin de la vida de la Iglesia será renovada por el Concilio Vaticano II, en sintonía con la tradición de la Iglesia. Pero, a pesar de estas verdades, es sabido que no siempre las celebraciones de nuestra fe -y en particular las celebraciones de la eucaristía- son vividas con intensidad por los jóvenes. Las razones son muchas y muy variadas, por lo que no podremos abarcarlas todas en esta nota, pero van algunas como comienzo de reflexión.


“LAS MISAS SON ABURRIDAS”...
Una de las razones más comunes que los jóvenes -y también los no tan jóvenes- esgrimen a menudo es que “las misas son aburridas”, o que “no se entienden”, o que “no les dicen nada para su vidas”. Muchas veces, el termómetro para medir la “calidad” de la celebración es el cura: si es simpático, si habla un lenguaje que se entienda, etc. Y casi siempre esa evaluación se refiere exclusivamente a la homilía, como si el resto de la celebración no comunicara, o peor, no aportara nada para la vida cristiana.

Detengámonos un minuto en esta razón, referida a quien preside la eucaristía. Lo primero que hay que decir es que, más allá del carisma del sacerdote, de su simpatía o de su sabiduría, hay otro criterio fundamental: si el ministro “sintoniza” con los jóvenes en la vida de todos los días, los acompaña, los escucha, los respeta y es respetado, porque se deja cuestionar por ellos, y los cuestiona con cariño y ternura, entonces también podrá celebrar “en sintonía” con ellos. Esto puede -y debe- decirse, no sólo en relación con los jóvenes, sino en relación a cualquier situación pastoral: cuanto más “en contacto” con la asamblea esté quien la preside, más podrá expresar en la celebración la vida de la asamblea que celebra, porque quien preside también es parte de la asamblea que celebra, de la comunidad que acompaña, de la Iglesia que pastorea.

De aquí se desprende una consecuencia importante: la misa no la hace sólo el sacerdote, es la celebración de toda la comunidad, y en la medida en que toda la comunidad participa, la celebración se hace más verdadera, más edificante, más evangelizadora, y llega a ser realmente “fuente y cúlmen de la vida cristiana», como nos lo recuerda el Concilio Vaticano II.

EL DESAFÍO DE LA PARTICIPACIÓN
Ahora, ¿qué quiere decir que toda la comunidad “participe”? En una misa de domingo, en una parroquia de barrio, con por lo menos setenta o cien personas presentes, la participación de todos se hace difícil... Pero es que no sólo se participa cuando se hace algo en la celebración -por ejemplo, con una oración de los fieles, o leyendo una lectura, o llevando una ofrenda al altar-, sino que la asamblea participa si lo que se celebra, toca la vida de los que están presentes.

En otras palabras, la misa se hace “tuya” si tu vida también tiene lugar en lo que se está pidiendo con todos, si cuando la comunidad pide perdón tú también te sentís expresado en tus faltas, si la acción de gracias incluye tu camino de fe, tus encuentros, tus experiencias de la ternura de Dios. Podés permanecer quieto, en tu lugar, durante toda la celebración, y sin embargo, podés estar participando.

Los antiguos decían que “La eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía”. Es decir que, por una parte, la misa construye la comunidad, la alimenta, la une, la fortalece; y, por otra -como la Iglesia hace la eucaristía- cuanto más Iglesia seamos mejores serán nuestras eucaristías... Pero, ¡cuidado!, “mejores” no quiere decir simplemente más divertidas, más entretenidas, más amenas. Quiere decir, más bien, que son mejor y verdadero espacio de encuentro y celebración con el Señor en el pan partido para la vida del mundo, mejor y verdadero espacio de encuentro y celebración con los hermanos de fe que caminan junto a mí y traen su vida para celebrar que, en el camino de la vida, se encontraron con el Señor de Galilea; hermanos que animan mi caminar porque me comparten generosamente su testimonio de fe, hermanos junto a los cuales renovamos nuestras fuerzas para seguir andando...

UNA COMUNIDAD QUE CELEBRA
En conclusión, la misa no es sólo la misa. La eucaristía es la vida de la comunidad que celebra su certeza que va a llegar -porque ya lo podemos vivir en parte- la Fiesta de la Vida que tanto esperamos, representada por la mesa grande del pan compartido, donde nadie quede fuera por ser diferente, o porque no es de mi mismo color, o no piensa como yo, o es demasiado joven, o es pobre, o es mujer, o... tantas otras razones que hoy por hoy dejan fuera de la Fiesta de la Vida a tantas personas.

La clave entonces es que si la celebración eucarística está “preparada”, es decir, pensada y armada, para que exprese lo que la comunidad quiere celebrar, entonces se vive intensamente y ni siquiera importa si es larga, o si los cantos no son espectaculares, o si el cura no dice algo tan profundo que me deje pensando... Esto pide una preparación que tiene dos dimensiones: una próxima y otra remota.

La preparación próxima es la que se da, por ejemplo, en un equipo de liturgia, que busca caminos para que surjan los signos que expresen esta vida. La preparación remota se refiere más a la vida de la comunidad, y en particular, a los esfuerzos de esa comunidad para que los jóvenes tengan su espacio, porque se preocupa realmente de sus inquietudes, de sus cuestionamientos, de sus gustos y tendencias. Esta preparación remota, como ya lo intuye el lector, hace referencia también a una Iglesia y a una pastoral juvenil organizada que responda con generosidad a estos desafíos con medios, personas, formación, espacios físicos, tiempo, etc.

¡Que los jóvenes adhieran a la eucaristía es todo un plan de vida para ellos y para toda la Iglesia de la que también ellos forman parte! En estos tiempos de crisis y de tormentas en que vivimos -¡tan parecidos a lo que simbólicamente expresa lo que soñó don Bosco!- ciertamente la eucaristía es uno de los pilares donde encontrar resguardo. Pero una eucaristía vivida integralmente, en la vida de la Iglesia, alimentando su camino y siendo espacio de celebración de lo que se va recorriendo. ¡Cuidar nuestras eucaristías para que sean cada vez más verdaderas, es tarea de todos!


pbro. Richard Arce

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