Made in Uruguay

Dos términos contradictorios
VIOLENCIA y CENTROS EDUCATIVOS


Un día sí y otro también, vemos o vivimos situaciones de violencia en los centros educativos. En los últimos meses, los medios de comunicación han mostrado reiteradamente diversas situaciones de alto nivel de violencia que se dan en los liceos. Aunque no recogieron muchas otras que también se dan cotidianamente. Las situaciones de violencia en los centros educativos son una realidad presente y cada vez más preocupante.



Vivimos en una sociedad donde los niveles de violencia están cada vez más presentes. Desde los hechos policiales que recogen a diario los noticieros, hasta los insultos en el tránsito, las pintadas insultantes, el asesinato de jóvenes por problemas de hinchadas deportivas, y los mismos hechos de violencia dentro del Parlamento.

Pensar, entonces, que la realidad de la violencia es sólo un problema de los centros educativos, sería algo muy equivocado. Lo que no quita importancia a este hecho, sino, al contrario, la multiplica; porque en los centros educativos se van forjando la sociedad y los ciudadanos del presente y del futuro del país. Por tanto, es vital y necesario buscar y comenzar a dar respuestas que generen procesos de cambios reales y profundos.

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE VIOLENCIA?
Partamos de la base de que hay distintas definiciones de violencia, y que cada una supone discusiones filosóficas y teóricas de fondo. Intentando evitar un largo debate sobre definiciones, acordemos aquí que entendemos la violencia como una acción deliberada que busca causar un daño a otro, sea un daño físico o un daño psicológico. En consecuencia, la violencia se puede expresar por medios físicos o por medios psicológicos, de manera directa o de manera indirecta. El hecho es que causa un daño a la otra persona, y por tanto genera también un daño en las relaciones humanas y en la construcción de ciudadanía.

Las conductas violentas no son innatas: se van aprendiendo a lo largo de la vida. En cierta forma, puede decirse también aprendemos a ser violentos.. Desde esta perspectiva, la violencia no es algo inherente a las cosas o las realidades, sino una forma de resolver situaciones, conflictos o problemas. Como lo plantea González y Algorta: “Cada situación de violencia es un mensaje, un grito que no pudo ser dicho en palabras, un pedido, una carencia, una denuncia”1.

LA REALIDAD EN LOS CENTROS EDUCATIVOS
Se sabe que, en los centros educativos, se registran cada vez más acciones violentas, especialmente entre los alumnos. Es un tema que preocupa, y no sólo a nivel local. A nivel internacional, diversos estudios sobre la violencia han llevado a utilizar el término anglosajón “bullying”. Literalmente, viene del inglés "bully" que significa matón o bravucón; y en este sentido, se refiere a conductas que tienen que ver con la intimidación, la tiranización, el aislamiento, la amenaza y los insultos sobre una víctima o sobre victimas señaladas que ocupan ese papel2. En español, el termino elegido, y que representa claramente esta realidad, es el de hostigamiento entre alumnos o entre pares.

El hostigamiento se traduce en acciones violentas dentro de los centros educativos, que generan graves consecuencias para quien las reciben y deja también consecuencias para quien las ejecutan. Dentro de este accionar se encuentra situaciones de marginación o aislamiento, hostigamiento, desprecio, burlas, uso de sobrenombres, chantajes, manipulación social de la imagen de las personas, exclusión, intimidaciones, amenazas a la integridad y agresiones físicas o psíquicas, que son parte de un repertorio de acciones violentas que se encuentran hoy en cualquier centro educativo del país.

En todas estas acciones hay víctimas, victimarios y testigos. Las víctimas son las que más se ven atacadas en su autoestima, en la construcción de su identidad y en su forma de ser y estar en el mundo. Estamos hablando de niños y adolescentes, y estos ataques impactan en lo más profundo de su ser. Las víctimas viven realmente mal esta situación, a punto tal que se les pueden generar bloqueos en relación al aprendizaje curricular, así como también a su proceso de construcción de identidad y de imagen, que puede quedar relegada por los dichos y hostigamiento de sus compañeros. Esta situación genera muchas veces ira e impotencia, y su canalización no siempre es bien resuelta, por lo que puede llegar a expresarse en forma de venganza y de violencia hacia los otros.

A su vez, las personas que se posicionan como agresores u hostigadores tienen, por una parte, una engañosa sensación de satisfacción, y en algunos casos, el reconocimiento social de su círculo más cercano. Muchas veces quedan cubiertos por un manto de impunidad y se hace imposible cualquier tratamiento en relación a su acción. Aunque muchos pueden sentirlo como algo normal, porque no les genera problema alguno, esta actitud genera consecuencias muy delicadas. Por una parte, se plantea un modelo de relación social basado la violencia y determinado por el poder del más violento. Así se van estableciendo relaciones de violencia en los distintos ambientes, y sobre todo se va aprendiendo que de esta forma se pueden solucionar los distintos conflictos cotidianos. Como se dijo, es una solución falsa, porque no tiene en cuenta al otro, porque impone una persona o una posición sobre otra, y porque promoviendo un modelo de convivencia que no es generador de vida y que, a la larga, lleva a un espiral que no tiene fin, en el que quien hoy es el agresor, mañana puede pasar a ser víctima.

Está claro que este tipo de conductas no deberían primar en los ambientes educativos y no deberían marcar la trayectoria educativa de los alumnos. Pero, de una manera o de otra, están cada día más presentes. Cabe entonces preguntarse qué se puede hacer para influir positivamente sobre esta realidad y qué caminos se podrían transitar para contribuir a revertir la situación.

¿CAUSAS? ¿O RESPONSABILIDAD DE TODOS?
Ya se dijo que la violencia es un problema del conjunto de la sociedad. Pero esta afirmación no basta. Puede terminar siendo un llamado a cruzarse de brazos: “Como el problema es tan grande y complejo, no se puede hacer nada”. Reconocer su existencia, su extensión y su complejidad es un paso necesario, pero insuficiente. Como parte de la sociedad, en mayor o menor medida, todos tenemos nuestro nivel de responsabilidad en esta situación, y por lo tanto, tenemos la posibilidad de dar pasos para intentar mejorarla. Buscar las causas es algo extremadamente difícil, porque hay que partir de la idea de que la complejidad de la situación también dificulta encontrar una raíz única. Lo que sí es posible encontrar son hechos, relaciones o situaciones que claramente favorecen la violencia.

Por una parte, hay que tener en cuenta que la realidad de la violencia está presente en primer lugar en la misma familia. Muchas veces, ante la falta de herramientas para solucionar los problemas que se dan con los familiares, y en especial con los niños, se recurre a distintas formas de violencia, que desde un cierto punto de vista resuelven el conflicto, pero que en realidad no lo hacen, porque imponen una visión sobre otra y dejan sin respuesta la tensión que se ha creado. Los últimos datos de una investigación del Instituto Infamilla, del Ministerio de Desarrollo Social, señalan que en el área metropolitana, el 82% de los padres reconoce haber castigado, ya sea física o psicológicamente, a sus hijos. Esto da una pista muy clara acerca de cómo se educa a los niños en la sociedad uruguaya. En general, se enseña que la salida a un mal comportamiento, o a una nota baja en el estudio, o a una falta de respeto, o a una posición contraria a la de los padres, es el castigo, físico o psicológico, y no la razón, el diálogo, la paciencia.

A su vez, las instituciones educativas -entendiendo aquí a todos quienes trabajan en ellas: directivos, docentes, adscriptos, animadores, etc.- tienen muchas veces incluidas en sus estructuras, sanciones y formas de manejar los conflictos que, en algunos casos, implican actos de violencia, aunque sea de tipo simbólica. Las mismas soluciones que se dan a los hechos de violencia que se generan en los centros educativos pueden seguir modelos de no resolución plena de la situación. Por ejemplo, la mera expulsión, o sacar a un alumno de clase, no asegura de ninguna manera la resolución del conflicto. A lo sumo, asegura un transcurrir de los hechos momentáneamente más tranquilo; pero las tensiones se mantienen presentes. Lo mismo pasa con la construcción de una reja, o con poner un policía en la puerta de los edificios: pueden ayudar a prevenir, pero de por sí, no aseguran la solución del problema.

¿ES POSIBLE CAMBIAR ESTA REALIDAD?
Si bien la situación se presenta como altamente problemática y con dificultades de resolución, una posible lectura es ver en ella un llamado de atención para todos los que estamos vinculados, de una manera o de otra, con adolescentes y con centros educativos y con la construcción de una ciudadanía más activa y justa.

La complejidad del problema hace difícil encontrar soluciones únicas y de rápida efectividad. Lo que se puede encontrar son situaciones que favorecen resoluciones y salidas a esta realidad. Una es transitar el camino de fomentar el diálogo y el acuerdo sobre las normas de comportamiento dentro del centro educativo. A su vez, hay que estar atentos a cualquier situación de violencia, para poder generar espacios donde tratarlas con diálogo y respeto. Es importante también poner al alcance de todos las nuevas herramientas que van surgiendo para procesar la información y resolver los conflictos. Buscar nuevas formas para poder expresar sentimientos, tensiones e ideas y para canalizarlas de manera respetuosa y dialogal. Una buena medida para generar situaciones de no-violencia puede ser que los centros educativos incluyan en sus currículas estrategias de resolución de conflictos y de consenso, que brinden herramientas para tratar estos temas y apunten a generar una cultura de paz.

Si como decían González y Algorta, miramos cada hecho de violencia como un mensaje que no pudo ser dicho con palabras, podemos tomar cada situación como una luz roja titilando en un panel, que avisa que el motor no está funcionando bien. Si llevamos, respetuosamente, a cada una de esas situaciones, herramientas que favorezcan la comunicación y el diálogo, si actuamos creando espacios de mediación, entendimiento, contención, y sobre todo, amor, se podrán ir generando cambios en esta realidad. Tenemos que sentirnos parte de la problemática para poder ser partes también de la solución.

Federico Da Costa

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