Biblia |
Las parábolas de Jesús
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Si pusieras frente a frente ambos relatos, verías la primera rareza. Cada evangelista viene contando cosas diferentes; algunas se parecen, pero otras no tienen nada que ver con lo que el otro dice. Y de golpe, parece que un evangelista plagió al otro. ¡Idéntico, che! Hasta que ponen punto y aparte, y siguen con su propia chifladura. ¡O no tanto! Estoy seguro que si atorranteaste y todavía no abriste tu Biblia para leer mi propuesta, seguís sin tener la menor idea de lo que estoy hablando. El asunto es que Jesús cuenta que cuando el espíritu inmundo no está jooorobando a alguno, se pone a vagar por lugares desiertos y no encuentra reposo. Y lo primero que se le ocurre es volver; pero si encuentra todo ordenadito y barrido, se va a buscar a otros siete peores que él, y ¡sálvese quien pueda! La parábola apunta a la pobreza y debilidad de nuestras buenas intenciones. Una moraleja superficial sería que es inútil intentar “hacerse más bueno”. ¡Error! Si fuera así, todo lo que vivimos y celebramos en Pascua no valdría más que el huevito de chocolate... La cosa va por otro lado. Un sabio me enseñó que para comprender un texto bíblico, hay que leerlo en el conjunto. “Dios no miente ni se contradice”, me dijo. “Si te parece que aquí dice blanco y allá dice negro, quiere decir que no entendiste”. Entonces estiré mi mirada por los capítulos respectivos, y encontré estas coincidencias: en ambos casos, entre otras cosas y antes de proclamar “mi” parábola, Jesús advierte que vino a tirar abajo el reino de Belcebú y que, en eso, no transa. También aparece, en distinto lugar, su declaración de que Jonás y la ballena, comparados con Él mismo, son paparruchas. Mateo termina exhortando a sus contemporáneos a aprovechar que Él está cerca para mantener a raya al demonio, y advirtiendo que luego puede ser peor. Lucas no recoge esas palabras. Pero ambos descargan toda la fuerza de la parábola en lo mismo, hablando de cosas diferentes. Según el primer evangelio, Jesús está hablando cuando lo interrumpe un malcriado para avisarle que afuera lo buscan María y otros parientes. En el texto de Lucas, es una señora con sana envidia, la que proclama la bienaventuranza del vientre y los pechos de la madre de Dios. En ambos casos, Jesús responde de la misma manera: no atiendan al parentesco; lo que cuenta es escuchar y obrar la voluntad de Dios. Una anotación personal: habitualmente llego a casa bastante tarde y al ratito me enfrento al mensaje de “Pare de Sufrir”... Según ellos, si te ocurre algo malo en tu salud, tu familia o tus negocios, es que el demonio se metió en tu vida. Para sacártelo de encima, ellos te ofrecen aceite sacro con ruda, el manto de la salud, el puente de la amistad, o algo por el estilo, a cambio de un buen sacrificio cuyo valor entre en un sobre. Jesús no dijo nada de eso. La única protección contra el espíritu inmundo es hacer la voluntad de Dios. En lo grande y en lo chiquito. O mejor, al revés, en lo chiquito y en lo grande. Porque, es cierto, si uno no se ha entrenado para una carrera, en condiciones normales es imposible que resulte ganador. El entrenamiento arrancará con calentamiento y ejercicios de respiración, piques, trotes, corridas cortas con mayor velocidad, etc., etc. Y el día de la prueba, ¡con todo! Por tanto, es difícil que alguien pueda cumplir la voluntad de Dios en algo costoso si antes no se entrenó, cada día y en cada ocasión, en asuntos menores. Y otra confidencia... Esto lo aprendí de Don Bosco, que decía que la santidad personal se construye sin aflojarle a las cosas chiquitas.
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