Codo a codo con Don Bosco

“ADIÓS, VIEJA DIVINA...”


Saltar del Sacré Coeur y del Crandon a Tacurú... Vivir en Av. Brasil o Av. del Libertador y trabajar en el corazón del barrio Marconi... Y lo vive con la misma naturalidad con que se recoge el cabello. Se llama Dinorah Bandeira.

- ¿Cómo conociste a los salesianos?
- Los veía desde niña. Vivíamos en una chacra de Melilla y mis hermanos eran alumnos del Colegio Pío; así que los domingos íbamos a Misa allí... No puedo decir que entonces conociera a alguno, como ahora. Me enganché con ellos mucho más tarde. Yo me eduqué en el Sacré Coeur, donde ahora está la Universidad Católica. Y trabajé mucho años en la secretaría. Antes del cierre empecé a hacerlo también en el Instituto Crandon. Mi relación con los alumnos era distinta de la de otros funcionarios: mientras esperaba que terminaran los exámenes me sentaba con ellos en el piso, los animaba, me pedían y les prestaba mi medalla de Hija de María -todavía la lleva puesta-, los consolaba...

Pero se acercaba el tiempo de jubilarme y me preguntaba qué iba a hacer sin los muchachos. Por esa época, vivía en el Prado y me bajaba del ómnibus para ir a Misa a Maturana. Un día, unos gurises me dijeron: “Vos, que venís siempre, ¿no querés ayudarnos en el oratorio?”. Y me quedé... Mi primer tarea fue preparar la merienda; se ve que no me veían apta para otras cosas. Pero de a poco nos fuimos conociendo y me integraron. Me acuerdo que recorríamos el “hogar” Martínez Reina, para visitar a las familias alojadas en aquellos barracones de la antigua fábrica: los olores, la mugre... Los gurises venían de allí y del 12 de Diciembre. Así conocí a Mateo y a Carlitos Favre1, y con ellos, a Don Bosco. Un día me pareció que el nuevo responsable del Oratorio me dejaba de lado, y me fui.

- Y entonces...
- Comencé a colaborar con Mateo, que era director de La Teja, y con la Hna. Gloria Medina y un equipo de muchachos. Formamos el grupo “Los Murciélagos”. Salíamos una vez a la semana, de noche, al centro, para estar con los gurises que vivían en la calle. Se nos fueron arrimando tanto que, un día, tres empezaron a vivir en el gimnasio de La Teja. Hasta que “desde arriba” nos dijeron: “No va más”. Fue muy duro romper el vínculo con ellos...

- ¿Y la Coordinadora de Oratorios?
- ¡Esa fue otra experiencia buenísima! Había muchos muchachos con ganas de trabajar, pero con poca preparación. Entonces creamos unos cursos donde se formaban en serio para tener más recursos como educadores.

- Y de “Los Murciélagos" y la Coordinadora, a Tacurú.
- Sí, lo comenzaron los seminaristas, luego fue un hogar en el Buceo, y terminó en Sayago con una comunidad totalmente dedicada a ellos. Ahí entró Mateo, y ahí lo seguí. Él todavía me estaba probando, porque un día me dio el pantalón de un gurí que era algo impresionante, y me preguntó: “¿Te animás a coserlo?”. Le dije que sí, lo cosí y se lo devolví. En esa época todavía costaba mucho que los gurises llegaran y se bañaran. ¡Teníamos que perseguirlos! Al principio, ellos me trataban diferente; me hacían sentir que no era como ellos: una mujer, mayor... Al fin me los gané: algunos siguen saludándome “¡Adiós, Vieja divina!”, y yo les respondo “¿Cómo estás, mi amor?”.

Después, vino la Casa Tacurú. No teníamos sillas, ni bancos, ni mesas. Fue muy doloroso que, en ese entonces, ninguna comunidad nos diera una mano. Para nosotros fue como una cachetada, pero nos acordamos que Don Bosco empezó así... Teníamos un grupo de buenos educadores. Conocíamos a cada muchacho, su historia, sus ideales. Y les fuimos creando las primeras oportunidades para salir adelante: armado de biromes, tapitas, palillos, artículos de navidad. Empezó la primera maestra, y aquello siguió creciendo y transformándose hasta lo que es hoy: los convenios, la escuela de oficios, los proyectos. Los cambios me llevaron a seguir en la Escuela de Oficios: otro ambiente y otro equipo, pero el mismo compromiso: gurises más chicos con las mismas necesidades.

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