Nuestras obras

Casa “Mamá Margarita”
CINCUENTA AÑOS DE AMOR

1876, FUNDACIÓN Y DESPUÉS...
Es una realidad: cuando los hijos de Don Bosco iniciaban una nueva obra, no perdían mucho tiempo en macaneos sobre las comodidades de su residencia. La Crónica del Colegio Pío, por ejemplo, lo atestigua: “No había ni una silla, ni una mesa, ni una cama. Durante los primeros días nos arreglamos como pudimos. Para mesa de comedor sirvieron maravillosamente unos tablones, sostenidos por un barril que había contenido asfalto, y oficiaron de sillas unos troncos de árbol cortados especialmente. Sirvieron de camas unas pocas hamacas prestadas”. Algunos durmieron en un salón, otros en los altillos, y los más audaces en la torre del templo1. Y, por aquellos años, en cada casa de las Hijas de María Auxiliadora o de los Salesianos de Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil, ocurría más o menos lo mismo.



A esos religiosos de Don Bosco, jóvenes llenos de entusiasmo y salud, su libre opción por la pobreza evangélica les hacía sentir que estaban en el paraíso, y que nada más era necesario. Pero el paso del tiempo, pintó de canas las sienes, cargó de achaques la osamenta y modificó mentalidades y costumbres, y los hizo pensar que las “comodidades” primitivas no eran suficientes. En cierto sentido, ya era tarde: las viviendas de los salesianos no eran aptas como residencias para ancianos y enfermos.

UNA CASA COMO DIOS MANDA
En 1959, hacía muchos años que la Casa Inspectorial estaba integrada a Talleres Don Bosco. El p. Amílcar Pascual, nombrado provincial en 1949, buscaba recursos para construir un lugar adecuado donde los salesianos ancianos, enfermos y convalecientes de operaciones o intervenciones quirúrgicas, tuvieran los cuidados sanitarios necesarios.

Una herencia recibida de la familia Queirolo lo hizo posible, y entre el p. Inspector, el p. César Fernández -entonces director de Talleres Don Bosco- y el Arq. Tossi, soñaron y concretaron la primera sede del Sanatorio Mamá Margarita. Aprovechando un espacio vacío entre dos cuerpos de edificio, sobre el corredor de entrada para los vehículos, “colgaron” tres pisos con diez habitaciones, un comedor-sala de estar, una capilla y una pequeña cocina.

Los primeros ocupantes de la nueva “casa” fueron don Alejandro Calegari (88) y el p. Julio Baqué (75), a quienes siguieron muchos que se quedaron definitivamente. Otros llegaban del Interior por un cierto tiempo, aprovechando la proximidad de Talleres Don Bosco con la mutualista del Círculo Católico. Sobre todos ellos sobrevolaba el cariño y la preocupación de sus hermanos, muchas veces representados por un responsable que los cuidaba, como el coadjutor Pedro Enría veló por el anciano Don Bosco... Otro coadjutor, precisamente, el Hno. Mario Lettner quedó en la memoria de muchos como el acompañante generoso y sin horarios de los hermanos que la obediencia religiosa y la caridad divina le confiaban. Pero no fue el único...

LA CRISIS
Así como la historia tiene momentos cumbres, valles y profundidades, la peripecia de las estructuras salesianas también. Puede decirse que hasta mediados de la década de los setenta, el Sanatorio Mamá Margarita siguió un curso apacible, hasta que la visita de un superior llegado de Roma pareció interrumpirla.

El Capítulo General Especial de 1971 había puesto un énfasis muy especial en la dimensión fraterna de las comunidades religiosas: se subrayaba la importancia de crear y vivir un clima de familia donde cada hermano fuera aceptado y querido con todo el corazón. Posiblemente por eso, el Visitador que pasó por la inspectoría uruguaya, recomendó que cada comunidad se hiciera responsable del cuidado y acompañamiento de los salesianos ancianos y enfermos. A buen entendedor, esto significaba que el Sanatorio tenía que cerrarse...

Así, la casa comenzó a languidecer. Sólo quedó el p. Andrés Passeggi, con su prótesis de cadera, rezador y porfiadamente dispuesto a curarse para volver al trabajo. Mientras tanto, la vida de Talleres Don Bosco y de las otras comunidades continuaba.

MARGHERITA Y MARGARITA
Pero un día los vientos y las circunstancias cambiaron. Los superiores de la inspectoría comprobaron que el cierre del Sanatorio era imposible. Nadie quería pasar por alto la recomendación del Visitador pero, honestamente, veían que en ciertas circunstancias las comunidades no podían acompañar, como se debe, a sus enfermos y ancianos. El Sanatorio volvió a poblarse, aunque ya era el lugar adecuado. Encerrado entre cuatro paredes, sin una ventana que diera a un jardín; de un lado, con rejas para protegerse de los pelotazos del patio, y al otro, con una calle ruidosa y gris; un ascensor y una escalera oscuros... Nadie podría negar los méritos de su historia, pero en ese momento, era un lugar inhóspito e inadecuado para su finalidad.

No hay amigo de Don Bosco que no sepa quién fue Mamá Margarita, Margherita en italiano. Posiblemente pensando en ella que, ya anciana, siguió regalando sus energías y oración por los gurises que rodeaban a Don Bosco, el p. Pascual quiso en 1959 que el nombre del Sanatorio fuera Mamá Margarita. Casi finalizando el siglo y el milenio, otra Margarita colaboraba como podía, regalando toda su energía y oración por los Salesianos y por los mismos muchachos. Así, un día, el p. Víctor F. Reyes, Inspector de entonces, comunicó a los Salesianos que la señora Margarita Guerin le había regalado el dinero necesario para comprar un terreno y edificar un nuevo sanatorio para los salesianos ancianos y enfermos.

De un contorno gris y estrechado se pasaba a un espacio amplio y florecido. De tres pisos apiñados, a una sola planta, cómoda y de fácil desplazamiento. De los ruidos de una manzana céntrica, a la paz de una casa bien pensada y alejada de bocinas y frenazos... Allí llegaron entre 1992 y 1993, el p. Rafael Pebaqué, y los Hnos. Manuel Antelo y Artigas Michelena. La vida religiosa de estos últimos, había transcurrido casi totalmente entre los altos muros de Talleres Don Bosco: casi no conocían otra forma de ser salesianos. Y ahora: paredes amistosamente bajas, patios y jardines coloridos, corredores amplios y sin riesgos de ser atropellados por algún muchacho que perseguía una pelota... Con ellos, para ellos, llegó el p. Ruben Chiesa y algunos colaboradores. Veinte años después que un Capítulo Inspectorial resolviera “Reubíquense la Casa Inspectorial, la Casa de Formación y el Sanatorio Mamá Margarita”, la sencillez fraterna del p. Reyes y la generosidad de Margarita Guerin hicieron posible cumplir la última resolución.

HOY, EN MILLÁN
Actualmente, esta peculiar casa salesiana, ofrece dos servicios: es residencia de religiosos ancianos, enfermos y convalecientes; y resuelve, en Montevideo, los problemas referidos a la salud de los Salesianos del Interior. Hoy, en “Mamá Margarita” viven el p. Antonio Ketchedjián, que es el Encargado, y los padres Ruben Chiesa, Abel Fusari e Ignacio Spada, además del hermano Luis, un religioso misericordista que no puede valerse por sí mismo, y que la Congregación acogió fraternamente a solicitud de su comunidad religiosa.

Semanalmente reciben la visita del médico, el Dr. Alexis Prunell, cuya dedicación y entrega parecen la preocupación y la compañía de un familiar cercano. Charla, sondeo, evaluación, comentarios, tratamiento... Todo, para que “ellos” estén bien. Y el plantel de funcionarios, integrado por nueve personas, las 24 horas del día, los 365 días del año. Entre ellos se distribuyen los cuidados de enfermería, cocina e higiene. Alexander, Daniel, Doña Coca, Estela, López, Luis, Miguel, Roberto y Sandra: dedicación absoluta. El servicio queda completo con una sencilla sala con aparatos de rehabilitación.

Se podría que los sueños del p. Pascual sobre el cuidado de los salesianos enfermos y ancianos, han sido coronados. ¡Gracias a Dios!

Eduardo Martínez Addiego

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