Nota de tapa

METIDOS EN TODO


Allá por 1968, doña Poupée, viuda infaltable en la misa diaria, obedeció las indicaciones del párroco, y acompañada hasta la puerta por su hija solterona, se integró al grupo de reflexión que se reunía en lo de los Fernández, un matrimonio joven que conocía de vista. En poco tiempo, el resultado fue tan asombroso que ella misma no lo podía creer. Decía maravillada: “¡Habráse visto! Ahora resulta que los laicos somos la Iglesia. ¡Yo soy Iglesia!”. Y abundando en su sorpresa decía: “¿Vio? Antes se sabía que la Iglesia eran el Santo Padre, el cardenal Barbieri que está tan enfermo, el señor arzobispo y los obispos, los sacerdotes y las monjas! Pero ahora en Roma resolvieron que los laicos también somos la Iglesia! ¿Quién lo iba a decir?”.

LAICO, QUE VIENE DE LAOS
Cualquier nacido en nuestra patria aprendió, junto con el Himno, que nuestro Estado se divorció de la Iglesia porque es laico, lo que quiere decir que no se vuelca por ninguna religión. Algunos todavía van más lejos, y lo interpretan como una prohibición para expresar públicamente las convicciones más profundas. ¡No saben nada!

Sin embargo, la palabra “laico” proviene del vocablo griego “laos”, que alude a mi amigo Juan Pueblo. Por un lado, los de arriba -las clases gobernantes-, y por otro, Juan “Laos”, si quisiéramos sustituir una palabra por su equivalente. En la Iglesia, mal que nos pese, tenemos incrustada desde hace siglos la misma división: la jerarquía -que organiza las cosas sagradas- y los laicos.

A ver si nos entendemos: Jesús mandó a sus apóstoles “que hiciesen discípulos suyos a todos los pueblos, los santificasen y gobernasen, y así dilatasen la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos los días hasta la consumación de los siglos1”. Naturalmente, ninguno vivió tantos años, y por esa razón, los apóstoles “a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada, encomendándoles que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio”2. Éstos constituyen, desde entonces, la jerarquía, el clero, puesto al servicio del pueblo de Dios, en orden a las cosas sagradas, es decir, la Palabra de Dios y los Sacramentos.

DOÑA POUPÉE OTRA VEZ
Y claro: al cabo de los años surgieron serios problemas, y los pastores del rebaño cerraron filas. A partir de algunas fracturas en la comunidad eclesial, y para evitar nuevas diferencias y alejamientos, advirtieron, que si alguien se apartaba de ellos, caería en el infierno, o poco menos. Juan Pueblo quedó reducido a juan pueblito.

Desde entonces, los recontra tátara tátara tátarabuelos de doña Poupée y el resto del vecindario, para evitarse los castigos eternos, se conformaron con escuchar dócilmente lo que decían los curas y a obedecer, aunque a veces fuera a regañadientes. Ésa fue la razón por la que, en aquel frío invierno de 1968, ella fuera de nochecita a la casa de los Fernández: había recibido como una orden la recomendación del p. Juan sobre los grupos de reflexión.

Desde el primer día que participó en el grupo, no fue necesario que la solterona la acompañara de vuelta, porque Raúl, el dueño de casa, lo hacía. Apenas llegó, se sentó junto a la cama de la hija y empezó a contarle todo, con un entusiasmo indescriptible. “Primero nos presentamos uno por uno -quién soy, lo que hago, por qué vine, esas cosas...- y ya empezamos a tutearnos, porque el p. Juan, que habló al principio, recalcó que en la Iglesia todos somos iguales, y que todos somos hermanos. ¡Claro, a mí me cuesta decirle Juan al p. Juan, es la costumbre! Después leímos un texto sacado del BP Color y lo comentamos entre todos; cada uno, menos el p. Juan, que prefirió escucharnos, lo interpretó con un evangelio. Después rezamos un misterio del rosario. ¿Te estás durmiendo? Ah, me pareció. Bueno, rezamos un misterio del rosario, y nos despedimos hasta la semana que viene. Sí, otra vez, a la misma hora. No, no tenés que acompañarme porque la vecina nueva de la otra cuadra pasa por aquí. Y también nos quedamos con un librito que tengo que leer, para ver si entre todos podemos hacer algo. ¿Querés que te lo lea? ¡Mirá que es interesante! Entonces, hasta mañana”. La solterona agradeció al cielo, con fervor.

RECUERDOS, OPINIONES E HISTORIA
Posiblemente, puedas recrear en tu imaginación el martirio de los cristianos en el Coliseo de Roma. Recuerdo que siendo jovencito vi una película, con un amigo, en la cual un íntimo del emperador, enamorado de una doncella cristiana, saltó a la arena y murió junto a ella bajo las garras de las fieras. ¿Fue un enamoramiento mortal? ¿Lo habrá impulsado su hastío por la vida, o la adrenalina le jugó una mala pasada? El chusco de mi amigo comentó que el antiguo novio de la joven lo había empujado. Otra interpretación sería que se dejó llevar por el amor; pero la más común afirma que él, interiormente, ya había aceptado a Jesucristo y quiso morir con sus nuevos hermanos.

Es cierto: la conciencia eclesial sabe que el ejemplo de los mártires contagia; por eso Tertuliano escribió: “Sangre de mártires, semilla de cristianos”3. Pero antes que su testimonio impresionara desde la arena, su forma de vida llamaba la atención, admiraba y atraía: “La gente se hacía lenguas de ellos, y más y más se adherían al Señor por la fe, multitud de hombres y mujeres”4. Lógicamente, esa “multitud de hombres y mujeres” estaba compuesta por laicos.

DOCENCIA Y OPINIÓN
Cuando en la prensa aparece un título “La Iglesia bla, bla, bla...”, todos, sin excepción, sabemos que se trata de alguna intervención, más o menos oficial, del Papa, de algún obispo o grupo de obispos, o de algún organismo dependiente de la jerarquía. Mons. Fulanito dijo que le duele la barriga, y esa noche, el avance de los noticieros es “A la Iglesia le duele la panza”. Y, ¡qué confusión viven los medios si Mons. Menganito aclara que sus intestinos y los de otros colegas funcionan óptimamente! A veces, gracias al bombo mediático, la tensión entre ambas situaciones o posturas se hace evidente y difícil de reparar5.

Nada de eso ocurre cuando se trata de la opinión o el comportamiento de los laicos. El laicado, al menos en nuestro país, es tan “laicista” que su opinión o sus iniciativas nunca tienen carácter confesional. Y si lo tiene, queda encajonado bajo los rótulos de “actitud reaccionaria” o “posición progresista”. Aquí, son poquitos los laicos capaces de desafiar el desdén que provoca proclamarse católico convencido y practicante.

LA DESNUDEZ DEL LAICADO
Si entre los obispos -y los curas-, que cuentan con todos sus estudios y asesoramientos teológicos, pastorales y legales, a veces resulta difícil lograr una posición unánime, para los laicos es casi imposible. Para empezar, porque “nos falta letra”, para decirlo en lenguaje sencillo.

Mi infancia y la de muchos que van a misa, transcurrió en los tiempos del “catecismo de memoria”, y aquellas casi 400 preguntas y respuestas ya se borraron. Y si no ocurrió, tampoco bastan para vivir hoy como discípulo de Cristo. Quienes tuvimos la oportunidad de que la formación religiosa fuera más que un ejercicio mnemónico, posiblemente conservemos nociones vagas e insuficientes para ser cristiano hoy. Sólo pocos tuvieron la gracia de que su vida de fe fuera alimentada con la educación suficiente para que sus palabras y obras sean reflejo del Evangelio. Y cualquiera de nosotros pudo dejar que su adhesión vital a Cristo se le cayera, inadvertida o conscientemente, por ahí nomás.

Siguiendo con la historia de la catequesis en el Uruguay, cuando se pensó que el “catecismo para memoriosos” era insuficiente para impregnar de fe el sentir y el obrar de los bautizados, se adoptó otro camino. En este caso, más que insistir en “los conceptos”, la catequesis apuntó a “las actitudes”. Los niños y los adolescentes aprendían a perdonar, a compartir, a ser solidarios... Pero una vez fuera de aquella burbuja donde todos actuaban igual, descubrieron que la sociedad es una jungla, que el más grande se come al más chico, y que la vida real es otra cosa. Imagínense lo que quedó.

Por lo tanto, la mayoría de los laicos vamos por la vida, armados con un escarbadientes. Nos falta formación, en la cabeza y en el corazón. Y eso es responsabilidad de los pastores, cuyas funciones son el gobierno, el magisterio y la santificación del pueblo. Y también nuestra, que posiblemente preferimos mirar un teleteatro o bucear por internet, antes que leer un buen libro, o asistir a un buen curso, o -¡mucho menos!- participar de un retiro.

UNA FORMA ESPECIAL DE “SER IGLESIA”
Y recién terminé de plantear el problema. ¿Quiénes somos, pues, los laicos, en el hoy y aquí de la Iglesia? Somos la mayoría, y en general, no pesamos ni un poquito. No carguemos las tintas sobre los ministros; ya he dicho que buena parte de la responsabilidad es nuestra. Entre quienes hemos recibido la Confirmación, pocos asumieron con su vida la militancia y el testimonio por Cristo. Porque el asunto es ése, precisamente. Hemos dejado que la parte menos numerosa del Pueblo de Dios sea identificada como la representación de todo el Cuerpo de Cristo en el mundo, y es un error. La Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, somos todos los bautizados, como aprendió doña Poupée. Ellos tienen un oficio: ser pastores como Cristo; nosotros tenemos otro: hacer, actuar como Cristo.

Muchos laicos adultos dirán, convencidos, que no tienen edad ni tiempo para las actividades de su juventud: animaban oratorios, participaban de misiones, integraban grupos de liturgia. Ahora, con el hogar, los hijos, el trabajo y la salud, no podrían. Y, ¿quién les pide, en líneas generales, que sigan haciendo eso? Si pueden, deben hacerlo; pero si no pueden... Al laico se le ordena -no es un pedido, es un encargo de Dios y de la Iglesia- que viva como Cristo “que pasó haciendo el bien”6.

Nadie nos ordena andar predicando ni misionando; nadie nos obliga a participar en cuanto grupo inventa el cura. Nuestra misión es hacer el bien, donde estamos, entre quienes vivimos, y como podemos, sin escatimar esfuerzos; concediendo tiempo, recursos y sacrificio a lo verdaderamente importante. En primer lugar, al hogar: con el propio cónyuge, con los hijos, y con los más ancianos que comparten nuestro techo. ¡Levante la mano quien viva en su casa como Jesús haría entre los suyos! Y agrego: ése es el primer campo de misión, para todos. Alguien -laico o laica, monja o cura- que en casa sólo gruñe y muestra los dientes, no puede llamarse cristiano, aunque comulgue todos los días...

Cuando san Pablo se enteró que algunos discípulos suyos de Tesalónica estaban “desconcertados, sin trabajar nada pero metiéndose en todo”7, saltó: “El que no quiera trabajar, que no coma”. Según aprendí hace años, el apóstol se refería a algunos que por “dedicarse al apostolado”, iban de un lado p’al otro sin ocuparse de las cosas de este mundo. Y de aquí tomo mi segunda idea: en la Iglesia, para Juan Laos, el segundo campo de misión es su ocupación: el oficio, la profesión, el laburo diario, bien hechos, a conciencia, parejo con los de arriba, los iguales y los de abajo... Ofrecer un salario adecuado, dar y exigir un trato justo, afirmar lo correcto corriendo el riesgo de perder popularidad, ponerse del lado de los sin voz, acompañar a los que sufren, “pelearla” en el gremio... Todo eso, considerando que lo legal es el mínimo.

Y como siempre, hay más para hacer; siempre resta mucho para aliviar; siempre quedan palabras por decir... También hay que meterse en lo eclesial. De lleno, no dando lo que nos sobra sino “hasta que duela”, como enseñó el santo chileno Alberto Hurtado. No soy un laico modelo, ni me propongo como tal. Por eso admiro a quienes siendo “otros Cristo” en su familia y en su trabajo, todavía encuentran tiempo y ocasión para extender su testimonio en otros campos, pertenezcan a lo eclesial o a lo mundano.

“Pasar haciendo el bien” como Jesús, para nosotros, es obrar con la conciencia de que somos las manos del Espíritu Santo metidas a fondo en el mundo, para ir amasándonos con toda la creación hasta convertirnos en lo que tata Dios quiere.

COMO EL ALMA EN EL CUERPO
Creo que Ghandi, por nombrar a un “santo no cristiano” aceptado por todos, habrá vivido según mi descripción. Pero el verdadero discípulo de Jesús no se conforma con eso, y me explico. Un cristiano desconocido de fines del siglo II escribió, con el lenguaje de su tiempo8: “Lo que es el alma en el cuerpo, éso son los cristianos en el mundo”. Dicho ahora con mis pobres palabras: los cristianos, y en particular lo aplico a los laicos, ponen9 algo en la sociedad y en la historia, de lo cual carecen los no bautizados. Es más que la bondad de un Ghandi, mucho más que su serena búsqueda de la verdad absoluta. Es algo que le llega por gracia, algo que se le clavó para siempre, como vitamina inagotable en el corazón, con el Bautismo...

Todos los bautizados, y por lo tanto todos y cada laico, fuimos constituidos hijos de Dios: en cada cristiano respira el Hijo; en todo laico aletea su Espíritu; por eso, en la vida de cada laico, como en la de cualquier bautizado, debe verse el amor celoso y militante de Dios. Hay una Vida, en nuestro interior, que “nos viene de lo alto”, usando palabras de san Juan, y que debemos alimentar y cuidar, como hacemos con “la que nace de la carne”. Los medios para conservar y acrecentar esta Nueva Vida, deberías conocerlos: la vida de oración, la escucha de la Palabra, la caridad fraterna, el pan compartido... Todo, convertido en testimonio10.

A PUNTO DE SER ADULTOS
Nadie puede tratar a Doña Poupée como a una niña: se trata de una señora hecha y derecha, que vivió su vida, que sembró su historia... Sus canas expresan años y una sabiduría que no alardea. El domingo, a su lado, los Fernández: Raúl y Carmen. Ellos también están en Misa, escuchando al p. Juan, y aunque no tanto, ellos también son adultos y se toman la vida en serio. Son de los que piensan que la Casa de Dios, también es casa de todos y no dejan que el cura la gobierne como único dueño.

Y Juan, el pobrecito p. Juan, ¿qué hace? ¿Qué puede hacer cuando sus laicos abandonaron la sacristía para meterse en la comisión barrial o en esa policlínica impulsada por una señora que mejor no hablar? Sólo los más fieles y los más recalcitrantes vienen siempre a Misa, y ¡hasta éstos “quieren participar”! Quizás debería aconsejarse con el obispo. “Pero ¡no! Confiemos en los laicos y dejemos que prediquen a su manera donde quieran. Como repite Raúl, ¡ellos también llevan al Espíritu Santo y ya son adultos!”.

Eduardo Martínez Addiego

volver a la página principal