Editorial |
ESTA VIDA NUESTRA DE CADA DIA... |
Escribo esta nota editorial cuando apenas han pasado doce días de este mes de mayo. La necesidad de viajar para participar en la Reunión Internacional de Directores del Boletín Salesiano, convocada por el Dicasterio de Comunicación Social, que comenzará el próximo domingo 17 de mayo, en Roma, me obliga a hacer esta reflexión mensual que ofrezco en cada publicación de la revista, cuando todavía queda mucho por pasar en el mes que estamos viviendo. Y como no es fácil escapar a las circunstancias sociales, eclesiales, nacionales y mundiales que nos rodean, porque en ellas se va tejiendo la vida y el compromiso cristiano y salesiano de cada día, se amontonan hechos y situaciones ante los que no es sencillo encontrar un hilo conductor, una respuesta, una explicación... El tiempo pascual en que vivimos, nos hace volver a celebrar cada domingo la muerte y la resurrección de Jesús, la seguridad de su triunfo sobre todo mal y sobre todo pecado, y el poder de su fuerza transformadora para seguir implantando su Reino, es decir, ese mundo soñado por Dios donde primen los valores del amor, el respeto a los demás, la paz, la justicia, la solidaridad... Un sueño de Dios que será reafirmado en la ya próxima venida del Espíritu Santo, que nos “dará a conocer toda la verdad” y nos hará testigos de Jesús “hasta los últimos confines de la tierra”. El mes de mayo nos trae también, de manera muy especial, la presencia de María, la “Auxiliadora de los cristianos” como nos enseñó a llamarla Don Bosco. Una advocación que él eligió para ponerla delante de los cientos de jóvenes empobrecidos, abandonados, encarcelados, sin esperanzas y expuestos a todo tipo de problemas y de riesgos sociales y morales, en el Turín preindustrial de la primera mitad del siglo XIX. ¡Vaya si tenía actualidad y si fue una respuesta adecuada a la realidad! En el marco de este ambiente iluminado por la fe con que queremos vivir nuestra vida, surgen desde la realidad situaciones cada vez más complejas, frente a las cuales no terminamos de asombrarnos y alarmarnos... Hablo de las situaciones de violencia instaladas ya como marca de nuestra convivencia entre uruguayos. No quiero cometer el error de hacer análisis simplistas, ni agregar más leña al fuego del sensacionalismo con que la prensa maneja diariamente esta realidad, ni entrar a discutir el nivel de “sensación térmica” o de realidad que ha hecho de este tema un “caballito de batalla” de la campaña electoral que tendrá su primera expresión el próximo 28 de junio. Sólo pretendo promover una actitud preventiva y solidaria ante un mal que es de la sociedad y que es, también, de todos nosotros. Porque nadie está exento de actitudes de violencia, de intolerancia o de agresividad, por motivos nimios o por motivos serios. Sólo pretendo proponer que no seamos pasivos, y que hagamos lo que esté a nuestro alcance. La intolerancia, la agresividad y la violencia no andan sueltas por ahí... Se generan, se promueven, se impulsan desde los gestos, palabras, juicios y actitudes de las personas. Es cierto: quizás ninguno de nosotros es responsable ni tiene posibilidad de actuar directamente sobre los episodios de violencia social que hoy conmueven a todos. Pero, en esta hora, todos podemos aportar la racionalidad necesaria para restablecer el clima de diálogo, respeto, tolerancia y sana convivencia en la diversidad que caracterizó por años al Uruguay, y que es una manera de hacer realidad el sueño de Dios para la convivencia humana.
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