“Una tarde entra Juanito en casa más temprano, con la cara chorreando sangre. Algún compañero de juegos, mayor que él, le ha dado con la pesada bocha del balero justo en la nariz. Margarita está preocupada. Y mientras le cura:
- Un día vas a venir sin un ojo. ¿Por qué vas con esos chicos? Ya sabes que hay alguno que no es muy bueno.
- Si es por darle gusto, no volveré más. Pero, mire, mamá, cuando yo estoy con ellos, son mejores. No dicen palabrotas.”1
Como educadores, padres, o simples ciudadanos, en más de una ocasión nos hemos puesto a reflexionar sobre la violencia. Basta encender la televisión para quedar expuestos a situaciones reales y ficticias donde parece que la única herramienta eficaz para obtener un beneficio es atropellar. Sin embargo, nuestro sistema moral inmunológico es muy eficiente: aunque dichos “modelos” sean tentadores, generalmente somos capaces de optar por la “no violencia”.
A lo largo de nuestra vida profesional, hemos comprobado cuánto preocupa y qué difícil es impedir que la violencia y el miedo ingresen a los ámbitos educativos. Quienes afortunadamente nunca experimentaron el temor a ser agredidos quizás sólo recuerden su pavor frente a algún profesor muy exigente o previo a un examen oral. Pero no hablamos de miedo frente a lo académico, sino de sentirse aterrorizado por uno o varios compañeros de clase.
Esta experiencia refleja un fenómeno denominado “hostigamiento escolar” o “dinámica bullying2”, tan viejo como el agujero del mate. Consiste en cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico, producido reiteradamente durante un tiempo determinado.
Es posible que alguien se pregunte por qué resulta tan destructivo. Porque como la gota de agua perfora la piedra, el hostigamiento escolar es un acto violento que se repite una y otra vez.
Históricamente, el hostigamiento entre pares era visto como algo positivo, pues se lo consideraba como un proceso necesario para endurecerse y poder afrontar la vida. Quizás por esta razón algunas instituciones educativas de prestigio toleraban o promovían ciertas condiciones de sometimiento a alguien con más poder.
Esta dinámica de imposición-sometimiento puede materializarse en un acto visible como un golpe, un empujón, un gesto obsceno, una burla; o puede ser casi imperceptible, por ejemplo esparcir un rumor, aislar, etc.
Más que seguir ahondando en los detalles de este fenómeno, quisiéramos proponer algunas estrategias de intervención, para prevenir los daños que puede causar en el hostigador, en su víctima, y en los espectadores de la dinámica.
Primera estrategia: Focalizar nuestras acciones en la promoción de líderes positivos. No basta con detectarlos siguiendo la pista ofrecida por el mismo Juanito Bosco (“cuando yo estoy con ellos, son mejores”). También es necesario ayudarlos a reflexionar, para que sepan discernir entre “ser un alcahuete” y alguien que tiene empatía. ¡Una tarea desafiante, llena de creatividad y de perseverancia!
Segunda estrategia: "Somos mucho más que dos". Es común observar con atención a los actores principales (el agresor y el acosado), perdiendo de vista a la mayoría que oscila entre simpatizar y detestar las acciones violentas de unos pocos. "Los que miran" también son protagonistas de este fenómeno, ya sea por acción u omisión.
Entre ellos están “los que apoyan”. Apoyar quiere decir sumarse a la agresión, reírse o simplemente mirar, pero con un interés que constituye un aliciente para la conducta violenta.
Sin embargo, aunque innumerables estudios muestran que a la mayoría le gustaría ayudar a la víctima, sólo unos pocos hacen cosas que ayuden efectivamente. ¿Qué los detiene? O mejor, desde una perspectiva psicoeducativa, ¿qué los impulsaría a ser protagonistas activos para detener la violencia?
La respuesta completa a esa pregunta tiene dos aspectos. Por un lado, el trabajo cotidiano, preventivo y profundo en valores. Y como complemento necesario, la generación de habilidades sociales para que los chicos sepan hacerlo satisfactoriamente. No se trata de convertirlos en kamikazes, sino capacitarlos para provocar acciones colectivas, gratificantes y razonables. De todas formas, los educadores no deben olvidar que impedir una agresión es contracultural; no es sencillo, aunque pueda enseñarse y aprenderse.
La tercera estrategia es preguntarnos ¿cuán claramente comunicamos las reglas de juego de la convivencia?
En general, damos por descontado que nuestros chicos conocen las pautas de convivencia y no dedicamos mucho tiempo a fundamentarlas.
Comencemos afirmando que todo hostigamiento revela, metafóricamente, que "los frenos no están bien". Y, si éste es el caso, debemos generar reguladores externos que ayuden a quien anda sin frenos por el mundo. Tenemos que explicitar las reglas y mantenerlas con firmeza. Todos estamos de acuerdo que si una esquina es peligrosa y requiere un cartel de Pare, no es buena idea que la señal de advertencia sea puesta una semana sí y otra no.
¿Por qué pensar que es distinto en nuestras escuelas? ¿Por qué creer que es suficiente una semana de la no violencia, con cartelería, juegos, meriendas compartidas, etc.? Debemos generar mecanismos de comunicación prácticos y seguros para que nuestros educandos sepan dónde recurrir por ayuda.
Aunque las instituciones educativas sean sistemas complejos, no pueden permitirse dar respuestas contradictorias ante un pedido de colaboración, porque esto invita a la no comunicación, al silencio, y a que gane la violencia.
Todos sabemos que el camino para superar cualquier situación de violencia comienza generando instancias de diálogo. Pero el hostigamiento escolar reclama de los adultos un compromiso mayor. Es preciso que los chicos puedan decirse las cosas en la cara, bajo el amparo de educadores que garanticen el respeto y la confianza.
Pero éstos deben tener presente que al ser testigos/árbitros del cruce entre un chico acusado de hostigamiento y su víctima, es más probable que se dejen convencer por el primero, que darle crédito al segundo. La primera razón es que el hostigador suele ser más persuasivo y poseer mejores habilidades sociales.
También existe otro motivo: como adultos sentimos más simpatía por quienes se presentan como modelos seguros, poderosos, y tendemos a desacreditar a quienes se muestran débiles. Y aún hay una tercera razón: muchos adultos creen (o prefieren creer, inconscientemente), que las víctimas se exponen voluntariamente a esas situaciones.
Esta descripción de lo que ocurre “entre los adultos”, más que quitar relevancia a lo observado, nos debe alertar sobre posibles mecanismos complejos relacionados con la culpa, la desesperanza, etc.
Cuarta estrategia: para hacer frente a estos desafíos, es importante generar mecanismos de apoyo entre adultos.
Los chicos necesitan sus espacios privados, pero también nos reclaman tiempo. Cualquier momento compartido es oportuno para presentarles nuestro propio modelo como referencia, al cual criticarán, cuestionarán o valorarán.
A veces los adultos no estamos de acuerdo acerca de cómo proponer valores o cómo resolver ciertas situaciones. Así, es frecuente que al aumentar los niveles de intolerancia, muchos adultos hagan mutis. Ejemplos concretos: los docentes no salen al recreo, postergan su salida hasta que se diluyen los borbollones de la puerta, o “se hacen los distraídos” frente a un tumulto.
Por eso deben existir oportunidades/espacios integrados por docentes y padres, para compartir criterios y experiencias, palabras y sentimientos y formarse juntos. Es la forma más segura de adquirir herramientas ante la complejidad del mundo.
La construcción de modelos es algo dinámico. Los tiempos cambiaron y ya no alcanza con repetir la propuesta de nuestros padres o profesores. Es preciso seguir pensando y construyendo juntos, aunque nos lleve tiempo y energía.
Nos vemos obligados a innovar, considerando ideas previas para poder construir juntos las nuevas respuestas. Sabemos que es posible, ya que hubo y hay numerosas experiencias, que lograron impactos significativos. Compartir éstas entre todos y buscar otras nuevas, es de gran ayuda. ¡Hagámoslo!
Guillermo Pérez Algorta, Ph.D., Lic. Aurelio Gómez y Lic. en Psic. Gabriel Barg
Espacio Psicoeducativo Todo-Bien
1 Cfr. BOSCO, Teresio. Don Bosco - Una biografía nueva. Ed. CCS, Madrid, 1987, p. 22
2 “Bullying” deriva del vocablo inglés “bull” (toro), caracterizando a estos animales por su comportamiento agresivo y de imposición sobre los más pequeños o débiles. En español diríamos “matón”, pero la costumbre de adoptar palabras inglesas, ha vulgarizado el vocablo “bullying”.