La información abunda y el tiempo apremia en la era de la comunicación. La tecnología avanza y genera nuevos hábitos, inéditos códigos y extrañas palabras. Habilita otros significados y revive eternas discusiones. Distorsiones, miedos y nuevos desafíos a partir del impacto de las nuevas tecnologías en el uso del lenguaje.
Ir a una biblioteca a sacar apuntes. Redactar deberes a mano o tomarse el tiempo para escribir una carta de puño y letra a un ser querido. Indagar letra por letra en enciclopedias para encontrar la información buscada. Recorrer librerías como única forma de acceder al libro deseado. Parecen hábitos añejos, aunque eran habituales apenas una década atrás. Los modos de acceso a la lectura y la escritura ya no son los mismos.
Sorprende la velocidad de expansión de las nuevas tecnologías, en especial los celulares y las aplicaciones de Internet. La sucesión de cambios torna complejo evaluar con precisión las repercusiones que generan en la vida cotidiana, y particularmente en áreas como la lecto-escritura. Aún así, ya existen efectos palpables.
Si algo comparten los mensajes de texto, los chat y los correos electrónicos, es la necesidad de utilizar al lenguaje escrito como herramienta de comunicación. Los modernos medios tecnológicos demandan el manejo de la escritura y la lectura de un modo mucho más frecuente que los anteriores. ¿Esto atenta contra la correcta escritura? ¿Se está deformando el español? ¿Cómo se posiciona la educación en la nueva coyuntura?
Las preguntas comienzan a urgir. Mientras algunos se alarman, otros asumen el desafío intentando adaptarse. Ante el devenir inevitable y lejos de visiones extremistas (apocalípticas o ingenuas) emergen posibles respuestas en aras de esclarecer una realidad tan compleja como cambiante.
Para qué leer y escribir
Saber leer y escribir resulta primordial para insertarse en la vida en sociedad. El desarrollo de la comunicación oral y escrita requiere factores madurativos y una adecuada práctica en interacción con otros. Se aprende a hablar antes que a leer y escribir, por eso la lectoescritura (a diferencia de la oralidad) es un fenómeno cultural más que biológico.
El psicólogo norteamericano David Olson plantea que, así como el lenguaje se usa para representar una reflexión sobre el mundo, la escritura convierte al propio lenguaje en objeto de pensamiento y análisis. Habilita una “conciencia metalingüística” que incide en el desarrollo y la organización del pensamiento: leer y escribir obliga a atender la sintaxis, la semántica, el tiempo y el modo de los verbos, evaluar los significados de los términos y las relaciones gramaticales. “La lectoescritura es la puerta de entrada al mundo de la cultura letrada y académica”, sintetiza Roberto Balanguer, psicólogo educacional y especialista en tecnologías de la información, en diálogo con el Boletín Salesiano.
En el siglo XXI ya no es analfabeto únicamente aquel que no sabe leer y escribir. Para acceder a la cultura se exige cada vez más contar con aptitudes que permitan manejar programas informáticos y soportes digitales, y navegar en el ciberespacio.
Bien parados
En cantidad, Uruguay figura como uno de los mejores países del continente en el acceso a las nuevas tecnologías. Entre 2004 y junio de 2009, la cantidad de celulares aumentó de 600.000 a 3.900.000, según el último informe de la Unidad de Regulación de Servicios de Comunicación. Somos el quinto país en América Latina con mayor cantidad de servicios móviles por habitante.
El Plan Ceibal, que entregó 380.000 computadoras, convirtió a Uruguay en el país latino con mayor penetración de banda ancha por habitante. En 2008, en Montevideo, el 56% de los mayores de seis años usaba computadora y un 47% utilizaba Internet, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística.
Es razonable concluir que buena parte de los uruguayos convive diariamente con nuevas tecnologías. Niños y jóvenes, particularmente, están más familiarizados con los textos digitales que con aquellos presentados en soporte material. Por tanto, su vínculo con la letra y el conocimiento es distinto.
Aparecen nuevos códigos y hábitos: textos cortos, sintéticos y concretos, abreviación de palabras, rupturas respecto a la sintaxis convencional, términos que adquieren nuevas significaciones, inclusión de “emoticones” (dos puntos con paréntesis para simular una cara feliz, por ejemplo) y uso de sonidos. El acceso a textos, imágenes y bibliotecas amplia sideralmente las posibilidades de conocimiento. La creatividad y las oportunidades parecen no tener límites.
¿Más o menos lectura?
Con asiduidad se sostiene que los jóvenes leen menos que generaciones anteriores, hipótesis cuantitativamente difícil de comprobar. Si se considera literalmente la afirmación, parece que ocurre lo contrario: sea en chat, blog, fotolog, mensajes de texto o Facebook, las nuevas generaciones escriben en mayor cantidad y pasan más tiempo leyendo en formato digital. Los contenidos y estilos constituyen otro debate. El psicólogo Balanguer afirma que, a diferencia de lo que sucedía décadas atrás, cuando muy pocos se sentían capaces de escribir y se animaban a hacerlo, hoy cada vez más se anima a redactar informalmente en la comunicación electrónica y profesionalmente.
El soporte digital democratizó la escritura: “Se escribe con menos vergüenza que antes, gracias a las menores expectativas que hay sobre las formas de escribir. Que escriba cualquiera es positivo desde el punto de vista participativo y negativo desde la calidad de los textos escritos. La escritura en el mundo tecnológico actual está más libre de reglas gramaticales y los errores pasan más desapercibidos”, expresa. Escribir ya no es un patrimonio reservado para elites e intelectuales.
Ahora bien, escribir y leer más, ¿es en sí mismo un valor positivo? ¿O depende de la calidad de lo que se lee y escribe? Similar pregunta se hacían los hombres cultos cuando apareció la imprenta en el siglo XV, recuerda la profesora de Literatura María de los Ángeles González, docente en Secundaria, IPA y Facultad de Humanidades. Y opina: “Creo que sí es mas beneficioso, porque la escritura es un entrenamiento y una herramienta, y una vez que se adquiere, es más fácil dar el salto hacia otros usos. Nunca en la historia de la humanidad existió algo que democratice más eficazmente la cultura y el acceso a la información que Internet”.
En tren de hilar más fino, cabe preguntarse sobre hábitos de consumo. El “Segundo Informe sobre Consumo y Comportamiento Cultural”, elaborado por el Observatorio Universitario en Políticas Culturales, indica que un 30% de los uruguayos lee varios libros al año, rubro que en 2002 figuraba en 37%. Al revés de la opinión generalizada, se indica que a mayor edad, menor lectura.
Por tanto, no son los jóvenes quienes menos leen. De hecho, desde la restauración democrática, la industria editorial uruguaya experimentó nuevas tendencias, entre ellas la producción de libros sobre deportes, autoayuda, política e historia reciente, y fundamentalmente, el libro infantil-juvenil como principal estrella.
Durante siglos la producción editorial fue determinante como vehículo de in-formación. Recientemente, los formatos audiovisuales (por excelencia, televisión y medios informáticos) sustituyeron la lectura tradicional como principales instrumentos de culturalización. En ese marco, no resulta extraño que la cantidad de usuarios de la Biblioteca Nacional disminuyera 30% entre 2005 y 2007, según cifras oficiales. Una señal aislada pero contundente de las nuevas tendencias.
A las corridas
A nivel educativo, niños y jóvenes manejan la información y la producción académica de un modo que muchas veces exaspera a los docentes. Ante una tarea curricular, buscan datos, seleccionan, copian, pegan e imprimen. “En la nueva lógica, queda por fuera la lectura reflexiva, profunda. Se realiza un escaneo de información, buscando su pertinencia con el pedido inicial”, explica Balanguer.
Ha variado la forma de leer. En papel, la lectura es lineal y secuencial; en la pantalla, es más veloz y menos precisa, se buscan palabras claves del texto en lugar de una lectura pormenorizada, como se hacía tradicionalmente. Para Balanguer, el cambio se ajusta a las características del formato y a la saturación de información: “No hay tiempo para leer todo y eso conduce a un tipo de lectura que se adapta a las circunstancias y con menos culpa por abandonar un texto por la mitad”, afirma. Sobretodo los “inmigrantes digitales” recurren a la impresión de textos para leer más reflexivamente.
El nuevo formato, llamado “hipertexto”, se caracteriza por la discontinuidad, el salto repentino de la posición del usuario en el texto y por la carencia de un eje primario de organización. Con gran autonomía, el lector fija y desplaza el principio organizador, marcando el recorrido a través de distintas trayectorias, dentro y fuera de la obra. Hay tantos centros de lectura como lectores posibles, grafica la española Ana Calvo Revilla, especialista en la materia.
La profesora González acota que basta ver cómo revistas y diarios cambiaron la diagramación para adaptarse a los nuevos modelos de lectura, más dispersa, menos “corrida” y considerando varios planos a la vez. Los cambios no deben alarmar y menos hacer suponer la desaparición del libro impreso. “También se alarmaron los eruditos cuando surgió la imprenta y muchos siguieron leyendo en manuscrito, por considerarlo más auténtico y confiable. Llevamos cinco siglos desde Gutenberg y el libro no parece tender a desaparecer sino todo lo contrario. Se edita y se vende más en papel que hace 20 años”, sostiene.
El libro conserva su encanto: evoca la imaginación y permite, por ejemplo, la hojeada, que en pantalla es más estresante. Para los mayores de 30 años, sigue siendo más ágil leer un libro que buscar algo y leerlo por Internet, añade González.
Errores y horrores
Un profesor contó que al corregir su paciencia llegó al límite cuando descubrió que un alumno suyo escribía la primera letra de las oraciones en minúscula. A autoridades, profesores y padres les preocupa el poco respeto de los nuevos lenguajes por los criterios convencionales. Como principales dificultades se destacan faltas de ortografía y falencias en la organización de textos.
El nuevo tipo de uso de la escritura busca comunicar con pocas palabras y a gran velocidad generando modificaciones en la ortografía: ausencia de signos de puntuación y acentos, abreviación de palabras y uso de símbolos para obtener mayor capacidad de respuesta.
Especialistas como Balanguer sostienen que las nuevas tecnologías afectan la escritura. “La ausencia de reglas gramaticales genera un acostumbramiento lento pero pertinaz a escribir lo más sintéticamente posible. La escritura se torna más icónica y cercana a la oralidad, más de conversación y menos del registro formal de la escritura”, opina, y cree que se corre el riesgo de que personas que no tenían faltas ortográficas comiencen a dudar de las reglas gramaticales. Agrega: “Se afecta la forma de pensar la escritura que, en lugar de constituir un tiempo de reflexión, pasa a ser un tiempo de conexión. La escritura estaba antes ligada al tener tiempo; ahora se relaciona con la urgencia del tiempo. Importa más la comunicación que la forma. Por eso, tantas faltas y menos culpa por cometerlas”.
La profesora González proyecta los cambios recientes en la escritura en una dimensión histórica, considera que la lengua es un organismo cambiante y asume que el uso de tecnologías finalmente cambiará la lengua. Recuerda que la letra “ñ”, que sólo existe en el español, es producto de una abreviatura que usaban los monjes medievales, quienes sustituyeron la “nn” para ahorrarse un signo. “Probablemente, en unos años se acepte la abreviatura “q” por “que” y “pq” en lugar de “porque”, ya que está impuesto su uso práctico en todos los países de habla castellana. La lengua, antes que nada, es su uso”, opina.
Nuevos desafíos
Las carencias en redacción y oralidad trascienden este trabajo. No obstante, vale recordar algunos elementos. Desde la restauración democrática se aplicó en el país un modelo pedagógico en la enseñanza de la lectoescritura que restringió la señalización de errores y faltas ortográficas para minimizar traumas en los alumnos. La evaluación de la ortografía y la sintaxis se atenuaba si se comprendía el sentido de la oración.
En entrevista con el “Boletín Salesiano”, el director del área Literatura de la Academia Nacional de Letras, Ricardo Pallares, asegura que coexisten factores educativos con dificultades en las competencias lingüísticas. “Un uso pobre del lenguaje, poco eficaz, que no logra comunicar, mueve pulsiones individualistas, violentas, que bloquean la comunicación, la capacidad reflexiva y de escuchar al otro. Sustituye el intercambio de argumentos por los agravios entre personas”, afirma.
Pallares engloba las carencias en el uso del lenguaje en una perspectiva social y resalta el impacto del debilitamiento de los núcleos familiares y la crisis de la educación como formadores básicos del lenguaje. “La escuela vive una crisis de objetivos. No alfabetiza. Si en lugar de enseñar a leer y escribir bien, se tiene que ocupar de compensar la porquería de la televisión, enseñar a cepillarse los dientes, dar comida, y, además, en las familias no hay diálogo, ¿cómo podemos esperar que se hable correctamente?”, se pregunta.
El veloz desarrollo de la tecnología desafía al sistema educativo, exigiéndole respuestas acordes a las necesidades. Entre las reformas aplicadas recientemente, la materia Idioma Español se incorporó a tercer año, sumándose a Literatura. La educación sigue careciendo de enseñanza de lengua materna hasta los niveles superiores.
Evaluaciones preliminares del Plan Ceibal revelan una mejoría de la producción escrita y el interés por la lectura. El desafío, pues, consiste en trasformar los cambios en oportunidades, como señala Pallares: “La modalidad dinámica y atractiva de las nuevas tecnologías asegura la motivación. Despierta la atención y el gusto, algo que no provoca la escuela ni el liceo. Los centros educativos, en lugar de combatirlas, deben asumirlas como instrumentos pedagógicos y darles contenido para promover el aprendizaje”.
Sebastián Rebellato