Educación

LOS NIÑOS PIDEN AMOR


¿Qué es lo que necesitan verdaderamente los niños para crecer? Muchos dirán: cosas materiales. Pero, ¿alcanza sólo con las cosas materiales? El reclamo fundamental de todo niño a quien lo ha engendrado y al mundo entero es el amor. Nadie, entre los adultos, puede negar esta instancia, ni desde el punto de vista racional, ni en el plano emotivo. El problema es entender qué quiere decir amar y cómo se puede amar adecuadamente a una persona que, por mucho tiempo, es sólo potencialidad...

Mientras se trate sólo de cosas materiales, la respuesta es fácil, aunque desde el punto de vista económico, a veces, no sea tan sencillo. Los spots publicitarios de la televisión son como un promemoria obsesivo. Muchos padres sienten el peso y la tensión de tener que asegurar a sus hijos todas las cosas. Es muy difícil identificar todo lo que es necesario para garantizar un sano y equilibrado desarrollo humano al más fascinante de los pichones de mamífero que existen sobre la tierra. Pero, por encima de todo, los niños necesitan amor.

1. Un amor signo de un regalo inestimable. La maternidad y la paternidad no son sólo acontecimientos biológicos: son una experiencia única. El amor comunicado es, claramente, el regalo más precioso que se puede ofrecer, la mayor alegría que ayudará al niño en la vida, la conciencia y la esperanza de ser amado por sí mismo y de poder amar a los demás, devolviendo así el regalo recibido. El amor permite crecer experimentando el amor por los demás, por los animales, por el saber, por las normas de la vida, por el respeto, por la convivencia. Sólo quien se siente profundamente amado, será capaz también de amar.

2. Constantes relaciones de ayuda, atención y presencia. El tiempo de los padres es el bien más precioso. Los niños buscan siempre “entrar en contacto”. Esto señala el valor del cariño, la intimidad y el placer, todos ingredientes necesarios para hacer nacer un fuerte sentido de autoestima para el futuro, y la motivación para aprender. Como dice Arthur Janov: “Los mimos hacen madurar el cerebro”. De las primeras interacciones emotivas no nace solamente el pensamiento, sino también el juicio moral de lo que es justo y de lo que es equivocado. Por eso no es bueno que los niños pasen mucho tiempo solos.

3. Protección, seguridad física y normativa adecuada. Los niños necesitan un ambiente tranquilo, protector y seguro, donde sepan perfectamente lo que tienen que hacer y lo que no tienen hacer. Muchos padres, médicos, educadores y políticos se preguntan por qué aumenta cada día más el número de niños con problemas de atención, de control de los impulsos, de lenguaje, de dificultades para el aprendizaje, de inestabilidad afectiva y de disturbios evolutivos que interfieren en las relaciones, la comunicación y el pensamiento. Probablemente, no hay un factor específico, sino una especie de riesgo acumulado, producido por un ambiente caótico, agresivo, malsano y turbio. El comportamiento de un niño “desorganizado” puede estresar al adulto que se ocupa de él y puede crear una cadena de problemas cada vez más graves.

4. Guías y modelos confiables. Los niños toman instintivamente de la mano. Con ese gesto están diciendo que pueden enfrentar las situaciones de la vida si tienen la compañía y el sostén de un guía que conoce el camino. Los niños aprenden sólo lo que viven. Por eso necesitan tener padres y educadores que les digan con seguridad: “Puedes confiar en mí”.

5. Respeto por las diferencias individuales. Los niños son siempre únicos. Esto es muy importante especialmente para el aprendizaje escolar. Todos los expertos están de acuerdo en afirmar que para que haya un apropiado crecimiento mental, las experiencias tienen que ser parte de un esquema central que sea diferente de niño a niño. A menudo se aplican esquemas aproximativos en los que se mortifica y apaga la calidad y los recursos individuales. El sufrimiento y la falta de adaptación que producen pueden ser terribles.

6. Respeto a los tiempos de crecimiento. Los niños superan las etapas evolutivas a velocidades muy diversas. Apurar a un niño, en cualquier etapa de su crecimiento, sólo va a conseguir endentecerlo. El apuro se paga muy caro. Las bases construidas con apuro son muy débiles. Una casa construida con apuro caerá en la primera tempestad.

7. Reglas claras y límites bien precisos. Cuando la disciplina se considera una enseñanza, y se transmite con mucha empatía, los niños se sienten bien al observarla. Saber que se es la “luz de los ojos” de otra persona produce una sensación que satisface y da mucho ánimo. Cuando un niño recibe una mirada de desaprobación porque le pegó a su hermana, experimenta un sentido de pérdida, porque pierde la consideración positiva que había tenido cuando se había portado bien. Si no probara nunca estos sentimientos positivos, no tendría ningún sentido de pérdida que pudiera empujarlo en su interior a cambiar su comportamiento.

8. Perdón y posibilidades de recuperación. Equivocarse es parte de la experiencia de la vida. Los niños tienen que saber muy claramente que siempre es posible recuperar la estima y el amor, que siempre es posible cambiar, que siempre pueden ser perdonados y resolver los problemas.

9. Comunidad estable y continuidad cultural. Es un elemento muchas veces olvidado, pero, sin embargo, muy importante. Ningún niño puede crecer aislado. Necesita absolutamente compartir símbolos, valores, ideas, sentirse parte de un “nosotros” positivo que no destruya todo lo que ha aprendido en la familia. Todo niño necesita una comunidad.

10. Espiritualidad, valores morales, religiosidad, esperanza. Los padres tienen que dar a sus hijos la posibilidad de desarrollar el aspecto espiritual de su personalidad, de explorar creativamente y de buscar respuestas a las exigencias y dudas interiores, en el mundo de la filosofía, de la cultura, de la religión, del arte y de la ciencia. Sobre todo, en relación a los grandes temas de la vida: el nacimiento, la muerte, la soledad, los conflictos, la enfermedad, la felicidad, la fe, el heroísmo, el coraje. Sólo los padres pueden hablar verdaderamente de Dios a sus propios hijos.


Bruno Ferrero

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