Juventud

NO TAN DISTINTOS


No es fácil hablar o escribir de un tema como éste... Desde el comienzo se puede percibir claramente que, en torno a él, una es la opinión de los adultos, y otra la de los adolescentes y jóvenes. Y como esta nota está escrita para la sección “Juventud”, me pareció conveniente mirar desde ellos la realidad y buscar alguna de sus opiniones. Al oírlos hablar y poner sobre la mesa sus experiencias sobre el tema, o mejor, sobre la realidad de la discriminación, uno se sorprende y constata cómo -muchas veces- los adultos tenemos grandes dificultades para verbalizar nuestras propias experiencias.

INTENTANDO ACLARAR...
La discriminación está allí... Es un fenómeno del que pocas veces se habla, que teóricamente casi nadie está dispuesto a admitir, que en las palabras nadie se anima a justificar, pero que definitivamente hace sentir su presencia cuando llega el momento de hacer valoraciones, tomar actitudes, y definir situaciones...

Hablar de discriminación es hablar de un fenómeno de relaciones intergrupales, de las relaciones que se dan entre los diferentes grupos que integran una sociedad, y que tiene sus raíces en la opinión que unos grupos tienen de los otros y en el juicio sobre el rol y el lugar que cada uno de ellos ocupa o debería ocupar en la sociedad. En realidad, estos grupos son sólo una parte de una sociedad mucho mayor. Y los motivos para diferenciarse pueden ser muy variados: puede haber diferenciación por sexo, y así hablamos de varones y mujeres; puede haber diferenciación por situación económica, y así hablamos de ricos y pobres; puede haber diferenciación por origen y proveniencia, y así hablamos de extranjeros e inmigrantes o de naturales y criollos; puede haber diferenciación por actitudes religiosas, y así hablamos de creyentes y agnósticos o ateos; puede haber diferenciación por razas, y así hablamos de blancos y negros. La lista podría ser interminable...

En general, hablar de discriminación es hablar también de marginación, de personas o de grupos que, por muy diferentes motivos, son o se sienten realmente discriminados. Y en esto tienen mucho que ver los estereotipos y el desconocimiento que todos tenemos de muchas situaciones que viven los demás.

Me sucedió hace poco con ocasión de un encuentro deportivo entre adolescentes de un liceo privado de una zona de buen nivel económico de Montevideo y adolescentes provenientes de grupos de una zona marginada de la ciudad. Antes del encuentro, todos estaban llenos de prejuicios. Al encontrarse se dieron cuenta que más allá de provenir de realidades tan diferentes, tenían muchas cosas en común, les gustaban y sentían las mismas cosas. Descubrieron que el desconocimiento lleva muchas veces a la discriminación.

Es que esta sociedad nuestra acostumbra a que las cosas sean de una determinada manera, a que se cumpla “lo que está organizado”, a que triunfe siempre la rigidez de las estructuras, y eso condiciona a las personas y las hace actuar de acuerdo a lo que la sociedad -o un grupo- les exige. Hay casi un imperativo de “ser de acuerdo a...”. Si los adolescentes del encuentro deportivo se cruzaran casualmente por la calle, seguramente unos y otros se verían como “chetos” o como “planchas”; todos aplicarían el estereotipo que la sociedad tiene elaborado, no se lograría el encuentro y se cerrarían las posibilidad de sumar para una mayor integración social.

Discriminar a una persona o a un grupo social es privarlos de los derechos que se adjudican a otras personas o grupos sociales. Así sucede en las formas de organización donde los cargos de responsabilidad, por ejemplo, están ocupados mayoritariamente por varones; o en las formas de vida y de acceso a las oportunidades de crecimiento y desarrollo, donde unos viven en el lujo y la opulencia, y otros en el hambre y la miseria.

Pero no existen sólo estas formas de discriminación casi estereotipadas. En el mundo actual han surgido formas nuevas, muchas veces más sutiles y menos visibles, pero que crean verdaderas situaciones de discriminación. Basta mirar solamente la necesidad sorprendente que todos tenemos de acceder a determinadas cosas para poder “sentirnos parte de…”. La sociedad consumista exige vestirse de determinada manera, tener moto, usar celular... Se ha ido creando una nueva forma de discriminación por el consumo. O las veces en que podemos sentirnos discriminados por el sólo hecho de pensar diferente, de tomar actitudes propias, de no secundar “lo que hacen todos”, de “no seguir la corriente”, de intentar ser uno mismo.

¿NO DISCRIMINAR Ó ELEGIR?
Entonces, discriminar es elegir. El asunto son las posibilidades concretas que tenemos para elegir. Y las que tenemos para hacer una buena elección, una “discriminación positiva”, si se pudiera hablar de esa manera…

Juan tiene 14 años. Ante mi planteo, respondió: -“Para mí, discriminar es dejar siempre de lado a otro por los defectos que tiene”. Y enseguida me devolvió la pregunta: “¿Será que hay personas que no tienen defectos? Porque para mí, obrar así es una falta de respeto a uno mismo y una gran falta de respeto hacia el otro”. Es el estereotipo de la discriminación como defecto, cuando en realidad lo que muchas veces se hace es resaltar en los demás aspectos, valores, características, cualidades, que son diferentes a las mías, y que proyectan en los otros cosas que me gustan de mí mismo, lo que me otorga cierto poder.

Andrés tiene 13 años. Su respuesta fue muy concreta: -”Es una palabra fea, muy fea”. Pero, ¿qué es “lo feo”? ¿La palabra dicha o la intencionalidad con que pensamos, actuamos y nos movemos los seres humanos?

En todo caso, lo maravilloso es saber que Dios nos dio la capacidad de elegir libremente lo que queremos y lo que no queremos para llegar a sentirnos verdaderamente personas plenas, realizadas. Por eso prefiero más hablar de “elegir” que de “no discriminar”.

PERTENEZCO A LA RAZA NEGRA
Mi experiencia de vida es que he tenido la posibilidad de elegir -y me parece importante decirlo- porque pertenezco a una maravillosa raza, la raza negra, y digo maravillosa porque Tata Dios, al crear el mundo lo llenó de colores y permitió que cada uno tuviera la oportunidad de aportar desde lo que tiene y lo que puede, lo que le da un matiz magnífico a la vida.

Concluyo: discriminar no es una mala palabra si la miramos desde el punto de vista de la oportunidad de elegir. Puedo elegir estudiar o no estudiar, trabajar o no trabajar, drogarme o no drogarme, robar o no robar, respetar o no respetar, tratar a todos con dignidad o no tratarlos con dignidad. Lo que no puedo hacer es lamentarme por lo que no hice, porque “victimizarse es el recurso de los aprovechadores”; y quiero creer que todos los seres humanos queremos ser algo más que eso...

Elena Castellanos

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