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¿URUGUAYOS SOLIDARIOS?


En los últimos tiempos, en la agenda política y social del Uruguay, ha surgido un debate que me parece por demás interesante: ¿qué es ser solidario? Desde el análisis de las políticas sociales, la implementación de los planes de Emergencia y de Equidad, el desarrollo del Sistema Nacional de Integrado de Salud y, especialmente, desde el impacto del IRPF y su mediática dilucidación judicial para el caso de los pasivos, esta palabra tan común e integrada a nuestra idiosincrasia -casi como una afirmación- se ha convertido casi en una pregunta: ¿Los uruguayos somos solidarios?.

EMPEZANDO POR EL PRINCIPIO
Me parece importante comenzar recordando qué significa etimológicamente la palabra solidaridad. De raíz latina, su procedencia es francesa, y su significado original se asocia al concepto de algo sólido, compacto, entero. En sus orígenes, se la utilizaba con dos significados: uno para el campo de la construcción, y otro para el campo jurídico. El primero daba cuenta de una construcción donde sus materiales estaban sólidamente integrados entre sí; el segundo tenía que ver con las obligaciones contraídas “in solidum”, es decir, mancomunadamente.

La palabra solidaridad comienza a usarse en la Francia del siglo XVII, en sustitución del concepto cristiano de caridad. Pero recién se universaliza en el siglo XIX, con la traducción a los idiomas europeos del trabajo de Augusto Compte.

Parece curioso que desde su mismo origen, la palabra haya presentado diversas interpretaciones y significados. Autores como Imanol Zubero plantean dos grandes mojones en la construcción del sentido moderno de la palabra: por un lado, la solidaridad obrera surgida en la Revolución Industrial y por otro, la asociada con el desarrollo, posterior a la Segunda Guerra Mundial, de modelos de Estado de Bienestar en Europa Occidental. Ésta última toca de cerca a nuestro país, donde se implementó de manera avanzada, en ese período, una experiencia fundante: el modelo batllista de Estado de Bienestar.

Ahora bien, esta palabra, tan rica tanto en su origen como en el desarrollo de su significado, parece haberse desvalorizado por un uso casi comercial de su sentido. Luis Aranguren ha trabajado largamente sobre este fenómeno y plantea que, en la actualidad, existen cuatro modelos de solidaridad: la solidaridad como espectáculo, la solidaridad como campaña, la solidaridad como cooperación y la solidaridad como encuentro. Analizamos aquí, brevemente, cada una de estas ideas.

LA SOLIDARIDAD COMO ESPECTÁCULO
Un ejemplo típico de este modelo es “Bailando por un sueño”. En esa producción televisiva, se forman parejas integradas por un “famoso” y por un “soñador”, que se presenta con el objetivo de ganar el concurso para poder ayudar a una institución que necesita un determinado apoyo económico. El ganador del certamen, precisamente, recibe como premio la ayuda para esa institución.

El primer día, con videos inescrupulosamente manipuladores y sensibleros, se presentan, junto a las parejas, los rostros, situaciones y paisajes sufrientes de los pseudos destinatarios del fruto de la tarea de los bailarines; pero a medida que el concurso avanza, éstos se van diluyendo y todo se va centrando exclusivamente en el espectáculo farandulero.

Aranguren señala que en este modelo, “surgido de la cultura postmoderna, la solidaridad se entiende como un artículo de compra y venta, que no exige ningún análisis ni transformación, sino sólo un ejercicio de consumo indoloro”1.

LA SOLIDARIDAD COMO CAMPAÑA
Dos ejemplos de este modelo son los programas “Desafío al Corazón” y “Teletón”. Con el apoyo y la fuerte incidencia que generan los medios de comunicación, la propuesta se basa en el impacto de testimonios de situaciones que tienden a afectar a los espectadores que observan pasivamente desde sus casas, exigiéndoles una reacción inmediata o una ayuda puntual que, sin embargo, no implica un compromiso duradero.

“El problema fundamental de este modelo -señala Aranguren- es que el dolor por el sufrimiento ajeno y la compasión no son motores de un proceso de cambio personal, sino que se utilizan como reclamos de ayuda a cambio de la tranquilidad de la conciencia”2.

LA SOLIDARIDAD COMO COOPERACIÓN
Esta categoría da un salto cualitativo con respecto a las anteriores. Aquí se hace referencia a experiencias concretas de ayuda y cooperación, como pueden ser las prácticas asociadas al voluntariado en merenderos, en centros barriales, en servicios parroquiales, en Organizaciones No Gubernamentales, y en todo tipo de experiencias donde se brinda ayuda a los demás. En este sentido, la solidaridad como cooperación se entiende como espacios donde se promueve el desarrollo de los sectores más vulnerables a través de acciones coordinadas, que implican un compromiso personal e institucional. Lo que aparece como “trampa” es la dependencia que muchas veces se genera en los beneficiarios. En definitiva, está siempre presente aquello de que “la mano que recibe siempre está debajo de la que da”.

Aranguren señala que “se trata, en definitiva, de un modelo de solidaridad que profundiza y mantiene una vinculación de medio y largo plazo, pero que no es capaz de transformar la vida de los sujetos, tanto de los agentes como de los beneficiarios”3.

LA SOLIDARIDAD COMO ENCUENTRO
Este modelo de solidaridad configura un modelo de vida: se trata de vivir la solidaridad como un estilo de ser-con el-otro. Implica la necesidad de una conversión personal hacia la fragilidad, que permite descubrir el rostro humano del que sufre, y en él, redescubrirse en una relación que me implica y compromete. Este modelo supera la mirada limitada de la lástima, incorporando el análisis de las causas y los contextos de las situaciones de injusticia.

Según Aranguren, “Los dos rasgos más característicos de este modelo de solidaridad son: la solidaridad surge de la experiencia de encontrarse con el mundo del dolor y de no quedarse indiferente, sino de iniciar un proceso pedagógico; y la solidaridad se concibe como un principio ético capaz de provocar cambios en la manera de pensar y de vivir capaces de alterar el propio proyecto de vida personal, en la medida en que adquiere un valor significativo en la propia escala de valores”4.

CARACTERÍSTICAS DE LA SOLIDARIDAD
Uniendo los elementos aportados, Aranguren propone siete características fundantes de una experiencia viva de solidaridad:

1. La solidaridad como principio ético y como virtud capaz de atravesar la vida y el propio ser en el mundo. De esta manera, deja de ser un simple “gesto” puntual para transformarse en un estilo de construir vínculos y determinar opciones.

2. La solidaridad es transformadora, no sólo en lo personal sino también en lo comunitario. Supone un cambio en las formas y modelos de establecer las relaciones sociales, signadas muchas veces por la diferenciación y la exclusión, por modelos inclusivos e integradores de la vida y de las personas.

3. La solidaridad es radical. No en el sentido de “intransigente”, sino en la dimensión de ir a las propias raíces que generan las injusticias. Esta idea supera la noción de la solidaridad como un gesto paliativo ante el sufrimiento y propone una concepción mucha más activa, crítica y comprometida.

4. La solidaridad es universal. No se reduce sólo a las personas y situaciones más cercanas sino que adquiere una dimensión global. La globalización de la solidaridad implica procesos de universalización de búsquedas y reclamos, de sentirnos co-responsables del mundo en el que convivimos, y solidarios con las generaciones que lo heredarán.

5. La solidaridad es integral. No separa a las personas según sus carencias o sus limitaciones sino que las reconoce en la plenitud de su ser. Por lo tanto, asume la responsabilidad desde esa totalidad capaz de integrar lo relacional, lo emocional y lo intelectual.

6. La solidaridad es utópica. Se basa en el deseo y el sueño de que otro mundo es posible, y que ese mundo nuevo se va construyendo día a día, en el encuentro con el otro.

7. Por último, la solidaridad está orientada hacia los más débiles. No es una opción neutral sino una toma de posición a favor de los excluidos y desterrados de la sociedad, sintiendo en las entrañas el compromiso por superar las situaciones de injusticia.

Si bien estos modelos hacen referencia a enfoques más personales o institucionales, estas categorías se pueden trasladar a la pregunta inicial sobre los modelos de solidaridad que construimos, como sociedad, los uruguayos. Y volver a preguntarnos, en estos tiempos de fragmentación y exclusión, ¿qué espacios generamos para el “encuentro” como experiencia de solidaridad? ¿Estamos dispuestos a “encontrarnos” verdaderamente como sociedad con el sufrimiento del otro? En este desafío, los cristianos tenemos una tarea a construir, personalmente y como Iglesia. Como dice Gustavo Gutiérrez: “La solidaridad requiere conversión, y esto vale para cada persona e incluso para la Iglesia en su conjunto”5.


LA SOLIDARIDAD COMO EXPERIENCIA DE FRAGILIDAD
Hacernos solidarios como sociedad requiere la búsqueda sincera de la justicia, no simplemente como un slogan o un discurso, sino desde el convencimiento de que todos necesitamos de todos en el camino de hacernos personas y de humanizarnos; que, en esencia, todos somos hijos de un mismo Padre, hechos a su imagen y semejanza, y por tanto, llamados a una vida en abundancia y en dignidad. Este convencimiento tiene que mover los discernimientos personales y comunitarios.

En uno de sus escritos más ricos y profundos, el Padre Cacho compartía: “La evangelización no existe... Existe ese hombre que tiene que reconocerse con dignidad, “imagen y semejanza”; ese hombre que tiene que llenar su retina con la visión de su destino de plenitud en el amor, la libertad y la verdad. Existe el cristiano que vive esa visión real y hacia la cual dirige todas sus fuerzas con otros hombres, con los cuales van dando al mundo garantías de ese destino”6 .

Ojalá podamos construir un Uruguay solidario, donde todos nos “encontremos” y logremos superar visones de solidaridad fragmentadas y mutiladas por la superficialidad y el egoísmo. Ojalá nuestra Iglesia sea testimonio vivo de este anuncio de vida y esperanza.

Adrián Arias

1 Luis A. Aranguren, “Reinventar la solidaridad. Voluntariado y educación”. Imprenta SM, primera edición, Madrid, 1998
2 Ib.
3 Ib.
4 Ib.
5 Gustavo Gutiérrez, “Un sentido global y cotidiano”. Aportes para la V Conferencia, en www.comunidadvirtual.net.
6 Mary Larrosa y Viviana Lasanta, “Haciendo memoria con los vecinos de San Vicente y el Padre Cacho”, Departamento de Historia del CIPFE, Montevideo, 1998

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