Biblia

Los encuentros de Jesús
COMO CUALQUIER OTRO


Algunos especialistas encuentran rastros y omisiones que emparentan más el episodio de la mujer adúltera1 con el evangelio de Lucas que con el de Juan. Es que el tercer evangelista se distingue, entre otras cosas, por su atención al mundo femenino. Por eso no entiendo qué hace ésta en el capítulo octavo de Juan, generalmente preocupado por los grandes signos realizados por Jesús. Pero enfrentemos la cosa. El único que reparó en el hecho fue Juan, y así tenemos que leerlo.

Mirá la escena: Jesús enseña en el Templo, rodeado de gente. Aparecen unos escribas y fariseos arrastrando a una mujer, la ponen en medio de todos, y lo desafían. -“Maestro, ¡a ver qué hacés! Moisés nos mandó matarla a pedradas porque fue pescada en adulterio. Vos, ¿que decís?”. Esta vez, Jesús dejó pasar el encontronazo con sus adversarios de siempre, y tuvo un encuentro delicadísimo, inadvertido para el lector superficial, con la acusada, y con todos nosotros. Para descubrirlo, apliquemos la mirada de este testigo calificado, empeñado en descubrir los signos y su significado, y buen conocedor del libro sagrado de Israel.

Lo primero que Juan habrá recordado es que si se descubre una pareja en adulterio, la Toráh2 condena a ambos a la lapidación3. También prescribe que para cualquier condena a muerte tiene que haber dos o tres testigos del delito, que serán los que inicien la ejecución4. El evangelista apreció también todas las palabras de Jesús, observó extrañado cuando se inclinó para escribir en el suelo, y sospechó que cada fariseo, comenzando por los más viejos, tenía muchas cosas para esconder… Y fotografió el instante de la reconciliación.

Saquemos apuntes. Lo que rompe los ojos es la condición femenina. Para cometer adulterio se necesitan dos. ¡Éstos sólo trajeron a la mujer! Y para colmo, nos hemos familiarizado tanto con el texto que nunca se nos ocurrió indagar cuál habría de ser la suerte del cómplice. Segundo: la ley mosaica indicaba que los primeros en aplicar la sentencia tenían que ser los testigos. ¡Nada de tirar la piedra y esconder la mano; nada de acusar y quedar con la conciencia en blanco, como si una muerte fuera algo indiferente! Tercero: Jesús escribe en el suelo, callado, como rumiando bronca por los que le tiran la lengua, hasta devolver el desafío: el primer verdugo tiene que ser un inocente, o la piedra le caerá encima. Cuarto: el primer examen de conciencia de la historia provocó que “ellos” hicieran mutis de a uno, hasta no quedar ninguno.

Él siguió enseñando, frente al mismo público, pero hablando con la mujer “que seguía en medio”5. ¿“En medio” de qué?. ¿De la gente? ¿Entre Jesús y su auditorio? ¿Como un pararrayos en medio de la tormenta? ¡No está dicho! A mí me gusta pensar que el evangelista, con esa indefensa soledad, quiso destacar que la mujer quedó como el único oyente de Jesús. Es cierto: ahí seguía el pueblo, y quizás los Doce. Pero, ahora, se dirige sólo a ella. Después del “vete y no peques más”, seguirá con otro discurso, y la mujer desaparecerá definitivamente. Pero ahora, ¡Jesús habla con ella! ¡Ése fue su encuentro con la adúltera; los de afuera “son de palo”!

¡Y aquí reaparecemos nosotros, como te había anunciado! Se trata de una charla tú a tú. Quien quedó solo, cara a cara con Jesús, soy yo, sos vos. Vos/yo “en el medio” y mal mirado: yo te acuso a vos, tu índice apunta hacia mí. No quiero pensar en qué te pasará cuando seas suprimido. Vos sabés por qué había que hacerlo. Tu eliminación es problema tuyo, por ser testigo y acusador de mis pecados; porque abriste tu boca y me llevaste a la muerte, te merecés esos remordimientos que roen tu alma.

Y aquí apareció la foto: Jesús se puso “en medio”. Su palabra detuvo la primera piedra; su dedo provocó la estampida; y ahora me dice “no peques más”. ¡Qué alivio! Cuando yo me tambaleaba al borde del abismo, Él pegó el manotazo y conservó mi vida. ¡Gracias, Jesús! ¡Sí. Quedate tranquilo. Voy a caminar por donde vos me digas!


Eduardo Martínez Addiego


1 Jn 8,2-11
2 Toráh: es decir, “La Ley”. Nombre utilizado por los judíos para referirse al conjunto formado por los cinco primeros libros bíblicos, atribuidos a Moisés, y que nosotros conocemos como “Pentateuco”.
3 Lv 20,10; Dt 22,22-24
4 Dt 17,2-7
5 Jn 8,9

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