Biblia |
Los encuentros de Jesús
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Mirá la escena: Jesús enseña en el Templo, rodeado de gente. Aparecen unos escribas y fariseos arrastrando a una mujer, la ponen en medio de todos, y lo desafían. -“Maestro, ¡a ver qué hacés! Moisés nos mandó matarla a pedradas porque fue pescada en adulterio. Vos, ¿que decís?”. Esta vez, Jesús dejó pasar el encontronazo con sus adversarios de siempre, y tuvo un encuentro delicadísimo, inadvertido para el lector superficial, con la acusada, y con todos nosotros. Para descubrirlo, apliquemos la mirada de este testigo calificado, empeñado en descubrir los signos y su significado, y buen conocedor del libro sagrado de Israel. Lo primero que Juan habrá recordado es que si se descubre una pareja en adulterio, la Toráh2 condena a ambos a la lapidación3. También prescribe que para cualquier condena a muerte tiene que haber dos o tres testigos del delito, que serán los que inicien la ejecución4. El evangelista apreció también todas las palabras de Jesús, observó extrañado cuando se inclinó para escribir en el suelo, y sospechó que cada fariseo, comenzando por los más viejos, tenía muchas cosas para esconder… Y fotografió el instante de la reconciliación. Saquemos apuntes. Lo que rompe los ojos es la condición femenina. Para cometer adulterio se necesitan dos. ¡Éstos sólo trajeron a la mujer! Y para colmo, nos hemos familiarizado tanto con el texto que nunca se nos ocurrió indagar cuál habría de ser la suerte del cómplice. Segundo: la ley mosaica indicaba que los primeros en aplicar la sentencia tenían que ser los testigos. ¡Nada de tirar la piedra y esconder la mano; nada de acusar y quedar con la conciencia en blanco, como si una muerte fuera algo indiferente! Tercero: Jesús escribe en el suelo, callado, como rumiando bronca por los que le tiran la lengua, hasta devolver el desafío: el primer verdugo tiene que ser un inocente, o la piedra le caerá encima. Cuarto: el primer examen de conciencia de la historia provocó que “ellos” hicieran mutis de a uno, hasta no quedar ninguno. Él siguió enseñando, frente al mismo público, pero hablando con la mujer “que seguía en medio”5. ¿“En medio” de qué?. ¿De la gente? ¿Entre Jesús y su auditorio? ¿Como un pararrayos en medio de la tormenta? ¡No está dicho! A mí me gusta pensar que el evangelista, con esa indefensa soledad, quiso destacar que la mujer quedó como el único oyente de Jesús. Es cierto: ahí seguía el pueblo, y quizás los Doce. Pero, ahora, se dirige sólo a ella. Después del “vete y no peques más”, seguirá con otro discurso, y la mujer desaparecerá definitivamente. Pero ahora, ¡Jesús habla con ella! ¡Ése fue su encuentro con la adúltera; los de afuera “son de palo”! ¡Y aquí reaparecemos nosotros, como te había anunciado! Se trata de una charla tú a tú. Quien quedó solo, cara a cara con Jesús, soy yo, sos vos. Vos/yo “en el medio” y mal mirado: yo te acuso a vos, tu índice apunta hacia mí. No quiero pensar en qué te pasará cuando seas suprimido. Vos sabés por qué había que hacerlo. Tu eliminación es problema tuyo, por ser testigo y acusador de mis pecados; porque abriste tu boca y me llevaste a la muerte, te merecés esos remordimientos que roen tu alma. Y aquí apareció la foto: Jesús se puso “en medio”. Su palabra detuvo la primera piedra; su dedo provocó la estampida; y ahora me dice “no peques más”. ¡Qué alivio! Cuando yo me tambaleaba al borde del abismo, Él pegó el manotazo y conservó mi vida. ¡Gracias, Jesús! ¡Sí. Quedate tranquilo. Voy a caminar por donde vos me digas!
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