A menudo, las amenazas que los padres hacen a los hijos no se ponen en práctica. Muchas veces no tienen la firmeza necesaria para hacerlas realidad. La firmeza es un don que los padres tienen que saber construir y practicar.
Hoy hay una dificultad evidente para pedir perdón. El concepto de perdón parece un concepto totalmente ignorado. Una de las mayores dificultades que tienen los adultos para expresarse con el lenguaje del perdón es que no han aprendido a usar ese vocabulario desde su infancia. Quizás el clima falsamente neutral en el campo moral de la sociedad contemporánea explique también, la escasez de materiales destinados a enseñar a los niños a pedir perdón; y probablemente, nuestro amor por la libertad y la creatividad nos ha hecho tan miopes que no llegamos a darnos cuenta que el individualismo absoluto sólo es capaz de sembrar infelicidad.
Extrañamente, tememos lastimar la autoestima de los niños si les enseñamos a admitir que su comportamiento puede molestar, herir o perjudicar a otras personas. Pero el arte del perdón tiene que aprenderse desde la infancia. Los niños pueden aprender a pedir perdón desde pequeños, y su nivel de comprensión de la importancia del perdón, pedido o concedido, tiene que crecer con ellos. Así pondrán las bases para su crecimiento moral y relacional en los años sucesivos. Los padres tienen que acompañarlos en una serie de etapas sencillas, pero decisivas.
PRIMER PASO: SER RESPONSABLES
El primer paso para enseñar a los hijos a pedir perdón es ayudarlos a asumir la responsabilidad de su comportamiento. El camino puede comenzar desde muy temprano y en contextos moralmente neutros. Nuestra actitud de adultos de esconder la basura bajo la alfombra y acusar a otros de haberlo hecho, conduce fácilmente a tener conductas infantiles. Asumir la responsabilidad de las propias palabras y de las propias acciones es el primer paso para aprender a pedir perdón.
En general, los niños asumen de buen grado la responsabilidad de sus acciones positivas. “Ya me tomé toda la sopa. ¿Puedo comerme el postre ahora?”. “Soy el más rápido de la clase cuando salimos a correr”. “Hice un hermoso automóvil en la clase de dibujo”. Son afirmaciones que expresan que asumen su responsabilidad por acciones positivas. Pero no están tan prontos para asumir su responsabilidad por acciones menos nobles. ¿Cuándo fue la última vez que oyeron a un niño de tres años admitir: “Me comí todo el dulce que mamá me había dicho que no comiera” o ”Yo empujé a Nicolás”? Una toma de responsabilidad a este nivel exige un esfuerzo notable de atención por parte de los padres, que tienen que corregir con paciencia todas las frases del tipo “¡Sí, está roto!” por frases que comiencen por “yo”: “¡Yo lo rompí!”.
SEGUNDO PASO: LA INFLUENCIA DE LAS PROPIAS ACCIONES
El segundo paso es ayudarlos a comprender que sus acciones influyen siempre sobre los demás. “Si ayudas a mamá a preparar la mesa, mamá se siente feliz. Si juegas con la pelota en casa y rompes un vidrio, mamá se pone triste. Si le dices a tu hermanita ‘te quiero mucho’, ella se siente amada; si le dices ‘te odio’, se siente herida. Tus palabras y tus acciones ayudan o hieren a otros. Cuando ayudas a alguien, te sientes bien; cuando, por el contrario, hieres a una persona, te sientes mal”.
TERCER PASO: LA VIDA TIENE REGLAS
El tercer paso es ayudarlos a entender que la vida siempre tiene reglas, y que la más importante es la regla de oro enseñada por Jesús: trata a los demás como quieres que te traten a ti. Hay muchas reglas que ayudan a vivir bien. “No se juega a la pelota dentro de casa” es una regla que muchos padres establecen por razones obvias. “No tenemos que tomar nada que no nos pertenezca. No tenemos que decir cosas que no son ciertas de otras personas. No tenemos que cruzar la calle sin tener la seguridad de que no vienen vehículos de ninguna parte. Tenemos que decir ‘gracias’ cuando una persona nos ofrece algo o dice alguna cosa buena de nosotros. Tenemos que ir a la escuela todos los días, si no estamos enfermos o no hay algún problema grave”.
CUARTO PASO: MANTENER LAS BUENAS RELACIONES
El cuarto paso es hacerles entender que se necesita pedir perdón para mantener buenas relaciones interpersonales. Cuando, con mis palabras o con mis comportamientos lastimo a otra persona, levanto una barrera entre los dos. Si no aprendo a pedir perdón, la barrera permanece, y la relación con la otra persona se resquebraja. Las palabras y acciones ofensivas alejan, y si no surge un pedido de perdón, las personas continúan alejándose. Los niños que no aprenden esto terminarán aislados y solos.
Todo se puede resumir en una especie de escalera de cinco escalones, que para los más pequeños, puede ser casi hasta un juego: 1. Manifestar inquietud: “No me gustó”; 2. Asumir la propia responsabilidad: “Me equivoqué”; 3. Tratar de poner remedio: “¿Qué puedo hacer para cambiar?”; 4. Comprometerse a esforzarse en el futuro: “Trataré de no hacerlo más”; 5. Pedir perdón: ¿Me perdonas?”.
PEDIR PERDÓN...
Pedir perdón exige un adestramiento constante. Si no se empieza por pequeñas cosas y si no se busca hacer habitual una cierta sensibilidad, será difícil sacudir el polvo que inexorablemente se acumula sobre el propio orgullo. Cuando se prefiere el silencio, o se espera que el tiempo por sí solo traiga una reconciliación, se cultivan ilusiones peligrosas. Las cosas no vuelven a su lugar independientemente de nosotros y de nuestra disponibilidad para escuchar y expresar lo que sentimos de verdad.
El objetivo es que los niños adquieran una especie de mentalidad del perdón. En este sentido, el nivel de capacidad tiene que crecer con la edad, y es muy similar al proceso de aprendizaje de un idioma. El método más eficaz para enseñar a los niños el lenguaje del perdón es el ejemplo. Cuando los padres piden perdón a sus hijos por las palabras duras que les han dicho o por el tratamiento injusto que han tenido con ellos, dan la enseñanza más eficaz. Los niños hacen lo que le dicen sus padres; los hijos más grandes hacen lo que hacen sus padres. Si los padres aprenden a pedirse perdón uno a otro, a pedir perdón a sus hijos y a otras personas, también los hijos aprenderán a hablar el lenguaje del perdón.
Bruno Ferrero