El reciente Capítulo General 26 nos recuerda a todos los Salesianos que la dimensión fundamental y la urgencia principal de nuestra misión es la evangelización. Nuestra razón de ser es transmitir vida a los jóvenes. Y, por supuesto, la principal propuesta de vida que tenemos es el Reino de Dios, anunciado en el corazón de la realidad. De ahí, la necesidad de preparar con creatividad y audacia itinerarios diversificados para las distintas situaciones juveniles, la importancia del diálogo fe y cultura, la necesidad de una propuesta orgánica y con continuidad, y el desafío de crear un verdadero “movimiento apostólico en favor de los jóvenes”.
DIFICULTADES “DE AFUERA” Y “DE ADENTRO”
A menudo se escucha decir que evangelizar en la cultura de hoy es muy difícil, que los jóvenes son poco receptivos, que muestran relativo interés por lo religioso, y que la sociedad de consumo y sus propuestas son un enemigo difícil de enfrentar. Es innegable que todo esto tiene parte de verdad; pero, en mi opinión, las dificultades más significativas para la tarea de la evangelización no son tanto las “externas”, sino las “internas”, que vienen de nuestras propias comunidades y de nuestras propias formas de trabajo apostólico.
El anuncio del Evangelio comenzó y se extendió de modo admirable en un mundo muy adverso, y eso no impidió un maravilloso desarrollo de comunidades que llevaron el anuncio de la Buena Noticia a todos los rincones del mundo conocido de entonces. Y también tuvo que sortear enemigos internos...
Algunas de esas dificultades “internas” a sortear hoy pueden ser:
* En cada casa salesiana trabajamos hoy unos pocos salesianos consagrados y un gran número de laicos, lo que constituye una riqueza pero conlleva también un límite: no todos captan la importancia de la propuesta evangelizadora y su propia experiencia religiosa es, muchas veces, marginal, o la consideran una pura opción personal; y los que quieren hacer el anuncio encuentran serias dificultades para hacerlo en diálogo con la realidad de los jóvenes.
* Nos falta una mayor toma de conciencia y reflexión sobre un punto clave del diálogo fe y cultura en Uruguay: el diálogo entre propuesta cristiana y laicidad. La laicidad no está fuera de las casas salesianas, ni de la Iglesia, ni de nuestro modo de entender la religión y la vivencia de la fe. Al contrario, la laicidad es una de las categorías culturales más típicas de nuestra realidad. La comprensión de la fe no se da al margen de las propias categoría culturales, sino a través de ellas. Una seria reflexión sobre esto nos permitiría una evangelización mucho más inculturada y una transformación más eficaz de la cultura.
* La formación “estandarizada” ya no corre en ningún ámbito educativo, y tampoco, en el religioso. La elaboración de itinerarios creativos y audaces requiere una formación de cierto nivel, de la que muchas veces carecemos, e implica un esfuerzo de reflexión que la urgencia de sostener iniciativas y propuestas ya en marcha, no siempre permite realizar.
* Frente a la “herencia” de una variedad significativa de actividades, optamos muchas veces por cierto inmediatismo, y “lo urgente no nos deja tiempo para lo importante”. Así se compromete la elaboración de un proyecto serio y con perspectivas y se pone en riesgo la organicidad y continuidad de la propuesta evangelizadora.
* La atención personalizada y el acompañamiento de los educadores en vistas a su vivencia personal de la fe y a su formación, en las que insiste tanto la reflexión salesiana y que es una tarea prioritaria de los salesianos religiosos, se dificulta por la escasez de éstos y por la diversidad de tareas que tienen que enfrentar.
BUSCANDO RESPUESTAS
Ciertamente, las respuestas a estas dificultades no son fáciles, ni su solución es una tarea de corto alcance. Creo, más bien, que nos ubicamos en la perspectiva de dar respuestas graduales a desafíos complejos. En este sentido, de diversas maneras y con distintas iniciativas, muchas comunidades las van buscando. Aunque las soluciones no aparezcan en el horizonte del corto o mediano plazo, tenemos que seguir pensando y actuando iniciativas audaces, si no queremos quedar atrapados en un callejón sin salida. Cada búsqueda es una posibilidad abierta, cada intento permite escalar los muros de nuestros límites y mirar más allá.
Sin pretender hacer más que un aporte, sugiero insistir en estos aspectos, en línea con algunos intentos que ya se están realizando:
* Como lo señala el CG26, ir transformando nuestra mentalidad para considerar la eficacia de nuestras presencias en términos de fidelidad al Evangelio y no de otros parámetros. Esto nos permitiría tomar, con mayor tranquilidad de conciencia, decisiones oportunas, aunque difíciles e incluso dolorosas, para que las estructuras estén realmente al servicio de la evangelización.
* Seguir priorizando la dedicación de recursos económicos, humanos, y de tiempo, para la formación y animación en vistas a la evangelización. En particular, favorecer una reflexión seria sobre el diálogo fe-cultura, con especial atención a los puntos de encuentro y desencuentro que la propuesta cristiana tiene con la mentalidad laica de la que todos, en mayor o menor grado, somos portadores y reproductores. Esto es fundamental. Si es cierto que el anuncio del Evangelio tiene que transformar la cultura, es igualmente cierto que un anuncio del Evangelio que ignore la cultura, que no se incluya en su horizonte de comprensión y que no encuentre puntos positivos de diálogo con ella, se vuelve insignificante, una opción casi “folklórica” para fines de semana o para ocasiones especiales.
* Seguir trabajando en una conversión personal que implique un mayor sentido comunitario, de gran proyecto de salvación, de “movimiento apostólico en favor de los jóvenes”. Lo importante no es que cada uno -o cada Casa- haga todo, atienda a todos, tenga todas las actividades, sino que, con más sentido humilde y comunitario, aprendamos a distribuir nuestras fuerzas y recursos. Venimos de una larga tradición donde “cada Casa es un mundo”, pero sea por una razón numérica de agentes pastorales, y más aún por una razón educativa del mundo actual, este concepto resulta empobrecedor. Hoy sabemos que no sólo educamos los agentes educativos específicos, sino que educa toda la sociedad en la que estamos insertos. Por eso, una educación que no sea de calidad -profunda, orgánica, significativa, coherente, para la vida y en la vida- tiene muy poca incidencia.
Para incidir necesitamos aunar fuerzas. Esto nos permitiría, quizás, una mayor dedicación al acompañamiento y la formación de los laicos, y nos llevaría no sólo a “delegar”, sino a compartir el trabajo. No se trata sólo de tener educadores formados para “entregarles” la tarea evangelizadora, sino de poder pensar, elaborar y animar juntos. Creo que nuestro carisma exige una presencia compartida de la diversidad de vocaciones que expresen de modo adecuado la riqueza de la comunidad. Sólo un testimonio así podrá suscitar el despertar de la variedad de vocaciones, ya que el llamado vocacional ocurre a través de vínculos directos y significativos con personas que realizan de modo concreto una u otra vocación.
Sin duda puede haber muchos otros desafíos y muchas otras posibilidades de acción. Señalo éstos como algunos que pueden ser importantes para responder a la invitación del CG 26 de reavivar nuestra urgencia evangelizadora.
“Deja tu tierra y la casa de tu padre para ir a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1), le dijo Dios a Abraham. Seguir haciendo real la paternidad de Don Bosco para los jóvenes de hoy puede exigirnos, también, dejar las tierras conquistadas y la casa que hasta hoy nos cobijó, porque anclarnos en ellas, pueden impedirnos las búsquedas a las que Dios nos llama.
p. Jorge Pérez