
Hoy parece predominar un descreimiento general sobre el Sistema Educativo, y más aún, sobre el Sistema Educativo Público: más adolescentes y jóvenes que no estudian, un creciente desinterés por la formación educativa, cierta convicción de que la formación educativa ya no facilita oportunidades laborales, etc., etc. En definitiva, la enorme brecha entre la educación pública y la educación privada parece ampliarse cada vez más… ¿Qué está sucediendo?
EL DETERIORO DE LA ENSEÑANZA PÚBLICA
Muchos de nosotros, en nuestros años de escolarización, recibimos lo que podemos llamar una “Educación de Calidad”. Si nos preguntarnos a qué llamamos “Educación de Calidad”, la respuesta puede pasar por diferentes variables sujetas a múltiples discusiones. En este caso, me estoy refiriendo a aquella educación que, sin importar si era pública o privada, brindaba un buen nivel académico y, a la vez, transmitía valores básicos y fundamentales para la convivencia social y para la formación de una conciencia del “ser persona”.
Pero, ¿por qué he hablado hasta aquí en pasado, si se supone que la educación de hoy está basada también en los mismos pilares y está guiada por los mismos principios varelianos tan universales que el mismo sistema predica? ¿Qué ha pasado en el camino? ¿Qué hemos perdido?
Veamos… Creo que, en este caso, yo misma fui participante directa del cambio. Creo que mi generación ha vivido en carne propia el quiebre de algo muy valioso. Que yo, junto con mis pares, hemos sido testigos directos de un proceso del que quizás no nos percatamos, justamente porque éramos parte de él, pero que ahora -recién ahora- al mirar para atrás, podemos mirar notar los cambios que se fueron dando, para bien o para mal. La cosa viene por acá...
Recuerdo que mis primeros años de escolarización transcurrieron en el ámbito de la Escuela Pública, ¡y por cierto, tengo muy gratos recuerdos!. Pero también recuerdo que allá por 1987, cuando cursaba 3º de primaria, las cosas ya eran distintas. Yo, como todo niño, por supuesto, no me daba cuenta. Era una estudiante destacada, y ponía ganas en todo lo que hacía. Recuerdo también que, en el último tiempo, me aburría mucho, y ahora me doy cuenta que era porque mis inquietudes por saber más y por superarme ya no eran contenidas a diario por la escuela. Mis padres, siempre atentos a mi crecimiento y a mis necesidades, y haciendo un gran esfuerzo, tomaron la decisión de cambiarme a un Colegio Privado Religioso, lo que significó un notorio cambio de etapa para mí…
Ese cambio de etapa tuvo que ver justamente con la “Educación de Calidad” de la que hablaba al comienzo, que pasa no solamente por la calidad de los contenidos curriculares y por las formas en que se imparten, sino sobre todo por la contención que se brinda a los niños o jóvenes, por la manera cómo se los acompaña en el proceso, por cuánto se cree en cada uno de ellos de manera individual, por cuánto se “apuesta” a sus capacidades únicas e irrepetibles: en definitiva, por cuánto se “apuesta” a su proyecto de vida. En verdad, creo que la Escuela Pública de hace unas cuantas décadas, tenía mucho de todo eso. Excepto por la laicidad, casi no había diferencias con un Colegio Privado Religioso. La Educación Pública brindaba, en ese entonces, una educación integral capaz de posibilitar a cualquier individuo llegar a un nivel de formación capaz de garantizarle un efectivo acceso al mundo laboral nacional, e incluso internacional.
Sin embargo, no hay duda que hoy ha perdido mucho de todo aquello, o mejor dicho, un poco de cada cosa. Las causas pueden tener múltiples orígenes; pero creo que la principal ha sido el empobrecimiento general del país, el deterioro de una economía que por mucho tiempo creímos sólida, pero que de buenas a primeras, demostró ser tan frágil como cualquier otra. Esto golpeó en lo más profundo nuestro sistema social. No es sólo una percepción colectiva, es una realidad; ningún ámbito estuvo exento de sus resultados, y menos aún, el de la educación.
Una vez más comprobamos que todo gira -desgraciadamente- en torno a la economía, y que, en este caso, su deterioro provocó una falta general de recursos, para la salud, para la seguridad, y para la educación, entre otros. Y eso se transmite… Se transmite la inseguridad, se transmite el miedo a lo que pueda volver a suceder, se transmite el descreimiento, se transmiten los salarios de hambre con los que hay que solventarse. Se dice que “No sólo de pan vive el hombre”, pero hay que ver dónde queda todo lo demás cuando luchar cada día para conseguir, al final, solamente el pan, se vuelve extremadamente fundamental.
¿Qué motivación podemos pedir a nuestros estudiantes si tantas veces se han golpeado al darse cuenta que no están realmente preparados para lo que la sociedad les exige que enfrenten? ¿En qué está fallando el sistema? ¿No será que a través del tiempo hemos permitido que se separaran cada vez más los menos preparados y los más preparados, solventando una educación que selecciona y asegurando que siga existiendo gente para todos los “escalones” de la sociedad?
EL ROL DE LA ENSEÑANZA PRIVADA
En contrapartida, y no por casualidad, la oferta educativa en el ámbito de la Enseñanza Privada ha crecido notablemente en los últimos años, justamente en el marco de ese deterioro de la Educación Pública de la que estamos hablando.
Claro que hay que diferenciar entre la oferta de la Enseñanza Privada Laica y la oferta de la Enseñanza Privada Religiosa. Veámoslo fríamente: en ambos casos, a cambio de una cuota en dinero, se obtiene un producto equivalente en conocimiento. Hasta ahí no varía en nada con respecto a la adquisición de cualquier producto económicamente adquirible. Pero, en el primero de los casos -el de la Educación Privada Laica- la fórmula sería algo así como:
CALIDAD EDUCATIVA
+
TRANSMISIÓN DE VALORES HUMANOS GENERALES
=
FORMACIÓN EN COMPETITIVIDAD
PARA EL MERCADO LABORAL
En cambio, en el caso de la Educación Privada Religiosa, la fórmula podría ser así:
CALIDAD EDUCATIVA
+
TRANSMISIÓN DE VALORES CRISTIANOS +
ACOMPAÑAMIENTO
ESPIRITUAL, AMOR
Y CONTENCIÓN
=
PREPARACIÓN INTEGRAL
PARA LA VIDA
¡La ecuación queda bárbara! Pero hay un problema: si despejamos los términos, la diferencia estará justamente en el último factor. Entonces me empiezo a dar cuenta de que por lo que tenemos pero no podemos pagar muchos de quienes decidamos darle a nuestros hijos una educación de este último tipo, es justamente por el amor y el acompañamiento espiritual a través de los valores cristianos. ¿Es triste, no? Porque está claro que esos valores cristianos comienzan, sin duda, en la casa; pero también es cierto que es necesario reforzarlos a través de la educación formal, porque el trabajo de formar a las futuras generaciones tiene que ser un trabajo en equipo: si falla una de las partes, estaremos cada vez comprometiendo un poco más el futuro.
LO QUE LE PUEDE PASAR A CADA UNO… ¿QUÉ EDUCACIÓN ELEGIMOS?
Sin mirar ya para atrás, comienzo a mirar cada vez más para adelante… Y la cosa es más difícil todavía. Porque hay un proceso de años que revertir, pero sobre todo porque los que ahora están en peligro, son los gurises de hoy. Y miro a mi hijo de tan sólo tres años, y pienso que otra vez estoy en una encrucijada... ¿Qué educación le quiero dar? En realidad, ¡lo tengo clarísimo! Pero, ¿puedo dársela realmente? Y lamento que la respuesta sea “no”. Pero lamento más aún que la respuesta no sea sólo para mi caso, sino para el de miles de uruguayos que no pueden dar a sus hijos la educación que quisieran. Y esto no tendría que ser un problema, porque todos deberíamos ser realmente libres para poder elegir lo que queremos y necesitamos para nosotros y para los nuestros, sin sentir que estamos “condenados” a perpetuar un sistema social injusto.
¿Dónde estaría, entonces, la solución? Creo que en esto no hay una verdad única. Pero vale la pena pensar en propuestas como varias de las que han surgido en la esfera política, y que giran en torno a la posibilidad de implementar cambios orientados a garantizar el libre acceso a la oferta educativa disponible en el país. Algo similar a la Reforma de la Salud que se ha implementado en los últimos meses. Las vías para hacerlo pueden ser numerosas, aunque los obstáculos son más. Entre otros, que el país no está preparado para ciertos cambios sociales porque implican transformar no sólo la estructura económica, sino el pensamiento de muchos, o quizás mejor, los intereses de unos pocos.
En definitiva, todo esto me hace pensar cuántas veces uno sufre las desigualdades en la vida, ¡y se las banca!... Pero cuando los que tienen que pasarlas son nuestros hijos, ¡cómo nos duelen! Entonces, este tipo de cuestiones dejan de ser la mirada de un sociólogo para convertirse en la mirada desde el amor incondicional que se tiene por los suyos… y también por los ajenos, por todos los “locos bajitos” a los que nuestra sociedad les sigue cortando, a diario, las oportunidades: oportunidades de estudiar como quieren o como lo necesitan, y oportunidades de trabajar en lo que quieren y en lo que sienten ganas, sin tener que conformarse simplemente con lo que les tocó.
Virginia Olivera