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MEDELLÍN: 40 AÑOS


Hace 40 años, del 24 de agosto al 6 de septiembre de 1968, se realizó en Medellín, Colombia, en el contexto de la aplicación del Concilio Vaticano II, la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Más que un documento, Medellín es un espíritu, un punto de partida, una perspectiva, el inicio de una tradición autóctona, que continúa haciendo camino, especialmente, a través de una red capilar de comunidades eclesiales insertas en los medios populares. Sin alardes, como brasas en medio de las cenizas de este tiempo de invierno eclesial, pero en fidelidad al Evangelio de la justicia, del amor y de la paz.

UNA RECEPCIÓN CREATIVA DEL VATICANO II
La fuerza y actualidad de Medellín están en su osadía por hacer una recepción creativa del Concilio Vaticano II, en el contexto de la Iglesia en América Latina. En realidad, el episcopado latinoamericano había contribuido poco a la preparación del Concilio. Pero la participación en él promovió una mayor integración de sus miembros y propició una vuelta a casa imbuidos de su espíritu. Tanto, que fueron los primeros del mundo en dar un rostro propio a sus Iglesias locales. Creían que no se trataba simplemente de implementar el Concilio, sino de recibirlo de manera contextualizada, buscando situar “La Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio”, como atestigua el título del Documento de Medellín.

EL INICIO DE UNA TRADICIÓN LATINOAMERICANA
El tiempo se encargaría de mostrar que era una aventura llena de riesgos y conflictos, pero también de resultados alentadores, tanto que sus intuiciones fundamentales fueron rescatadas y reimpulsadas por Aparecida. En otras palabras: en fidelidad a los ejes fundamentales del Concilio, Medellín tuvo “encarnaciones”, “aplicaciones” -hoy diríamos “inculturaciones”- que hicieron del Vaticano II no sólo un punto de llegada sino un punto de partida para una evangelización contextualizada, en la perspectiva de los pobres. Con Medellín, la Iglesia en América Latina deja de ser una Iglesia “reflejo” para iniciar un proceso de dar forma a un rostro y a una palabra propia, que generó una tradición latinoamericana.

LIBERTAD PARA ARRIESGAR
A diferencia de estos tiempos de involución eclesial y atrincheramientos identitarios, el Papa Juan XXIII, desde el inicio de su pontificado, insistió en la necesidad de una acción eclesial de conjunto en América Latina. Pero las disparidades entre los obispos impedían su concretización. Habría que esperar una mayor integración, que fue propiciada por la participación en el Concilio, y sobre todo, una sintonía con su espíritu, para expresar al Papa, al finalizar el mismo, el deseo de convocar una Conferencia para ponerlo en práctica en el continente.

A diferencia de las demás Conferencias, Medellín tuvo un excelente proceso de preparación, con encuentros promovidos por el CELAM: en 1966, en Baños, Ecuador, se reflexionó sobre pastoral de conjunto, educación, acción social y laicos; el mismo año, en Mar del Plata, Argentina, se estudió la aplicación de la “Populorum Progressio” en América Latina; y en Lima, el importante tema de la educación; en 1967, en Buga, Colombia, se trató la cuestión de la universidad católica y la pastoral universitaria; y en 1968, en Melgar, Colombia, se estudiaron los nuevos desafíos de la misión ad gentes, concretamente en relación a los pueblos indígenas y afro-americanos.

Para la Asamblea, se adoptó el método ver-juzgar-actuar, de la Acción Católica, asumido también por el Concilio, especialmente en Gaudium et Spes. Como telón de fondo, se adoptó la perspectiva liberadora, que rompía con la postura desarrollista vigente, poniéndose las bases de la futura teología de la liberación. En la Conferencia participaron 249 personas: 145 obispos, 70 sacerdotes, 10 religiosos, 19 laicos y 9 observadores. A diferencia de la Conferencia de Río de Janeiro (1955), no participaron sólo obispos, y el Documento fue publicado inmediatamente a la Asamblea, sin pasar por Roma... ¡Eran otros tiempos!

DESAFÍOS Y RESPUESTAS PASTORALES
En Medellín, se oyó el grito de sufrimiento de los pobres, que delataba el cinismo de los satisfechos. Desde la óptica de los pobres, los obispos se propusieron responder a cuatro desafíos del Continente: la fe cristiana confrontada con el grave fenómeno de la pobreza, que amenazaba la vida de gran parte de la población; una acción evangelizadora que llegara a los sectores populares y a las estructuras de poder; una liberación integral que conjugara cambio personal y cambio de estructuras; y un nuevo modelo de Iglesia, auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal.

Como respuestas pastorales a estos desafíos, Medellín propone, entre otras: la opción por los pobres, como forma de testimonio del Evangelio de Jesucristo; la vivencia de la fe cristiana en comunidades eclesiales de base, alimentadas en la lectura popular de la Biblia e insertas en el lugar social de los pobres; una evangelización que promueva la vida en todas las dimensiones de la persona; una reflexión teológico-pastoral anclada en prácticas liberadoras; y la presencia profética en la sociedad, sin miedo de ir hasta el fin, en defensa de los excluidos.

LOS PILARES DE UNA TRADICIÓN ALIMENTADA EN EL VATICANO II
* Iglesia Comunión y Comunidades Eclesiales de Base. Superando el binomio clero-laicos, el Vaticano II concibió la Iglesia como una comunidad de bautizados, en comunión radical e igualdad de dignidad de todos los ministerios. A partir de esta visión, para Medellín, la comunión eclesial, real y palpable, se da en las comunidades eclesiales de base (Med 7,4), célula inicial de la estructura eclesial y foco de evangelización (Med 15,10).

* Pastoral de conservación y evangelización. Si la comunidad, con todos sus miembros, es el sujeto eclesial, también la comunidad, como un todo, es el sujeto de la acción evangelizadora (Med 6,13; 9,6). Por eso, Para Medellín, hay que pasar de una pastoral de conservación alimentada en la sacramentalización, a una pastoral con énfasis en la evangelización (Med 6,1; 6,8); pasar de la parroquia tradicional, una estructura centralizadora y clerical, a comunidades de servicio en medio de la sociedad, propositivas y transformadoras (Med 7,13).

* Iglesia de los pobres e Iglesia pobre. El Vaticano II llama a ser “una Iglesia de los pobres para ser la Iglesia de todos”. Para Medellín, no basta ser una Iglesia de los pobres. La acción evangelizadora, como testimonio de Jesús, “que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”, pasa por la visibilidad de una Iglesia pobre (Med 14,7).

* Del pobre, objeto de caridad, al pobre, sujeto de su liberación. El Vaticano II habla de Dios a partir del ser humano y busca servir a Dios sirviendo al ser humano. Para Medellín, ante la escandalosa situación de exclusión y ante la predilección de Dios por los excluidos, es necesario optar por los pobres (Med 14,9), no haciendo de ellos un objeto de caridad, sino sujetos de su propia liberación (Med 14,10).

* Evangelización, promoción humana y cambio de estructuras. El Vaticano II superó los dualismos materia-espíritu, cuerpo-alma, sagrado-profano, historia-metahistoria. En consecuencia, para Medellín, como no hay dos historias, sino una única historia de salvación que se da en la historia profana, la obra de la salvación es una acción de liberación integral y promoción humana (Med 2,14a; 7,9; 8,4; 8,6; 11,5). Toda liberación es ya un anticipo de la plena redención en Cristo (Med 4,9). La misión evangelizadora abarca también las estructuras: “no tendremos un Continente nuevo sin estructuras nuevas y renovadas” (Med 1,3; 1,5).

* Diaconía histórica, profetismo y martirio. Para el Vaticano II, la Iglesia tiene que ejercitar una diaconía histórica, o sea, un servicio al mundo que contribuya al progreso y desarrollo humano. Medellín, en su opción por los pobres y su lugar social, hace de la diaconía un servicio profético. La misión evangelizadora se concretará en la denuncia de la injusticia y la opresión, constituyendo una señal de contradicción para los opresores. El servicio profético puede llevar al martirio, expresión de la fidelidad a la opción por los pobres (Med 14,10).

p. Agenor Brighenti*
Brasil

* Agenor Brighenti es doctorado en Ciencias Teológicas y Religiosas en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Actualmente es profesor de Teología en el Instituto Teológico de Santa Catarina y en la Universidad Pontificia de México. Es Presidente del Instituto Nacional de Pastoral de la Conferencia de Obispos de Brasil. Fue perito del CELAM en la Conferencia de Santo Domingo y de la Conferencia de Obispos de Brasil en Aparecida.

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