Biblia

LA ENRULADA


De ella se ha dicho, escrito y filmado de todo: que era una tal por cual, que anduvo con siete demonios, que la famosa adúltera del otro día era ella, que despilfarraba el dinero en perfumes, que se enamoró pedidamente de Jesús, que convirtió a la Virgen María en abuela de una niña, que escribió un evangelio que la Iglesia quiere ocultar… Con esos datos, ya tendrías que saber a quién me refiero: es ella, la única, la número uno… Pero antes de decir su nombre, te recomiendo leer la primera nota al pie1. ¡Sí, señores. Es... “La Enrulada”2!

Ya no hay suspenso: estoy hablando de María Magdalena, la primera persona que vio a Jesús Resucitado y fue portavoz de la noticia ante el grupo de los más íntimos. Me propuse escribir sobre ella a la luz de ese acontecimiento, pero los textos me lo impiden, y te diré por qué.

Nuestros criterios históricos impiden comprender por qué los cristianos de las primeras generaciones no “emprolijaron” los relatos sobre el Resucitado y sus apariciones. La reconstrucción del hecho es imposible por las abundantes divergencias entre los textos: hay repeticiones, omisiones y confusiones; los actores no coinciden: una mujer o varias, un ángel o dos, o algún joven... Sólo quedan en pie unas pocas verdades: el momento y el motivo que llevó a Magda al sepulcro, que Jesús se le apareció y hablaron, y que el Rabbuní3 la envió como “evangelizadora” de Pedro y sus compañeros.

Un lector superficial podría tragarse todo el relato sin cuestionar nada, aunque su razón lo acusara de estúpido, o blandir lo incomprensible para cerrarse a la fe. Guiado por otros, yo concluí que todas esas diferencias demuestran el carácter antiguo e histórico de esos escritos, cuyo conjunto cuenta lo ocurrido mejor que si los hubieran uniformizado artificialmente4.

Avanzando un poco más, ¿qué puedo agregar sobre “esta mina”? Ha de tener algo especial, porque Jesús la eligió... Veamos. Hay pocas cosas: su mala fama, integraba un grupo de mujeres que “perseguía” al Señor, y estuvo en el lugar justo en el momento justo. Amaba tanto al Maestro que, según Mateo, una vez que lo enterraron, fue una de las que se quedó, hooooras posiblemente, cuidando el sepulcro. ¡Y es la única a quien todos reconocen en la madrugada del primer día de la semana, cuando va hasta el sepulcro a dar los últimos cuidados al cadáver de su Señor! ¡La verdad: Jesús no la eligió; ella estaba ahí!

Es su distintivo... Estar ahí, por amor. Todo lo otro: dar la buena noticia a los discípulos aunque no le creyeran o pensaran que estaba chiflada; tolerar que la recordaran por su pasado rumboso; saber que veinte siglos más tarde todavía llamemos “magdalenas” a las arrepentidas... Todo eso, por amor. Pero hablo de amor de entrega, del que habla Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único”5. O como el de esta mujer, a quien honramos y veneramos porque respondió, con su vida, al Amor. ¡A mí me falta tanto!


Eduardo Martínez Addiego


1 Una advertencia: esta vez, para recoger todos los frutos de la Palabra, habría que leer y organizar los cuatro relatos (Mt 28,1-10, Mc 16,1-10, Lc 23,54-24,11 y Jn 21,1-18), lo que puede resultar difícil y más confuso que en otras oportunidades. Por eso mi propuesta es que pongas tu mirada y tu corazón de creyente sobre un evangelio, y pases luego este artículo, con todas sus notas, por la criba de lo que Él nos enseña.
2 Algunos afirman que Magdalena significa “mujer de cabello crespo”, lo que me cayó muy simpático. Pero otros lo derivan de Magdala, una población de cercana al lago de Genesaret. Aunque mi opinión no cambie el depositum fidei, creo que la llamaré Magda.
3 Simplificando, “Rabbuní” significa “Maestro de maestros”. No era común llamar a alguien de esta manera, pero Magda no era convencional.
4 Las circunstancias que las explican son varias y de distinta índole. En primer lugar, hubo diferencias entre los momentos de composición de cada relato, los destinatarios a quienes fueron dirigidos, quiénes fue los redactores/compiladores, qué hechos o palabras del Señor conocía o quería subrayar cada autor. Pero además, hubo otra razón que, en el orden de la Revelación, tiene más relevancia. El “corpus” evangélico, el conjunto de los cuatro relatos, no quedó constituido hasta fines del siglo primero. Fueron esos cristianos, no los de las primerísimas comunidades, los que hallaron y respetaron las diferencias. La única razón posible es que para ellos, era mucho más importante el hecho extraordinario de la Resurrección que cualquier estridencia entre las versiones.
5 Jn 3,16

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