Codo a codo con Don Bosco

DETRÁS DE UNA PELOTA


En la vida, siempre hay gente dispuesta a ser Figureti, como el personaje de televisión que conocimos hace años. Pero también hay gente dispuesta a ser exactamente lo contrario: tan sencillos y humildes que pueden estar todos los días a tu lado, en lo suyo, y sólo se los llega a conocer después de mucho tiempo.

En las casas salesianas hay gente así, trabajando codo a codo con Don Bosco, entre sus hijos e hijas, en cualquier tarea. Puede ser un catequista de la parroquia, o la adscripta del liceo; la persona que está en la recepción o el exalumno de confianza para lo que sea. Con los años, monjas y curas van pasando, pero ellos permanecen.

Encontró a Don Bosco detrás de una pelota, en la Liga Oratorio Festivo de Melo, representando al barrio Leones, de la Zona Norte. Como vivía cerca, iba a misa en la Capilla San José, pedía al cura que le firmara “la constancia” -en aquel tiempo, un requisito obligatorio para ser oratoriano-, y con ese documento pasaba entretenido y cuidado toda la tarde. Por 1962 le tocó asumir responsabilidades: de familia humilde y padres separados, comenzó a trabajar en el desaparecido Colegio María Auxiliadora. Ya conocía a Don Bosco, a la Auxiliadora y a los curas; ahí encontró a las Hermanas y se quedó con ellas “para cuidarles la casa”.

Remigio Giménez -61 años, soltero-, cara de hombre bueno que siempre sonríe, aceptó la entrevista porque se lo pidió la Directora. Y nos fue contando... En el Colegio de Melo era “el hombre de mantenimiento”: “Pintábamos, hacíamos albañilería, destapábamos caños, lo que la Hermana nos pidiera”, recuerda, porque se da maña para todo. Cuenta con naturalidad que cuando las Salesianas aceptaron el Liceo de Treinta y Tres, “la Hna. Iris Piccini, que era la Directora, me invitó a pasar unos días con ellas”... Una manera elocuente de decir, con sencillez, que estuvo en la puesta a punto del edificio.

Su tarea sigue siendo la de siempre, pero ahora en el Instituto María Auxiliadora (IMA), de Montevideo, desde las 7.30 hasta las 16 hs., cuando vuelve a su hogar, en el “Barrio de los Judíos”. Cuando lo ubicamos, iba por el corredor de secundaria, con un banco que le habían pedido, a cuestas.

- ¿Y cómo llegó desde Melo hasta aquí?
- Cuando mis padres se separaron, mi madre se vino a Montevideo con algunos hermanos, y yo quedé allá, con mi padre, hasta que falleció en 1979. En 1982, la Hna. Saralegui me propuso venir para darle una mano a don Carlos Costa, que ya estaba veterano. Y como tenía la familia aquí, acepté. Y aquí estoy.

Hay una cosa que calla, pero que muchos repiten: es una de las personas más queridas del Instituto. “¡No sabés cómo es! -dice admirada una Hermana-. Los niños, los padres, los maestros y los profesores... Nadie sigue de largo sin saludarlo. ¡Hasta los liceales, que algunas veces pasan a tu lado como sin verte, lo tratan de una manera especial!”.

- ¿Por qué todos lo saludan? ¿Por qué todos tienen algo que ver con Ud.?
- No sé. Aquí uno recibe y transmite confianza, respeto, aprecio por la gente y por los niños. Yo trato a todos sin diferencias, que es como debiera ser siempre...

- ¿Y qué diría si tuviera que contar tres cosas buenas que le pasaron, o tres motivos por los que aprecia tanto a las Hermanas?
- Una es la amistad, el buen trato y el aprecio a todos. Otra, la Hna. Iris Piccini, que ya está viejita. ¡Tan buena, tan inteligente! No conocí otra así... Y la Hna. Rogelia -añade enseguida, como reparando un error-. Y la tercera: a uno, aquí, lo tratan con lealtad y justicia...

Nos despedimos. Quizás no se dio cuenta que le quedó algo de cuando conoció a Don Bosco: las ganas de jugar. Por eso, sesentón y todo, cuando los gurises patean fuerte la pelota y se queda en los techos, recurren a él, que con la sonrisa de siempre, sube, se arriesga, y la alcanza... “Hasta el último aliento por el bien de los muchachos”.

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