Nota de tapa

El mandamiento perdido
JUGARÁS CON TU PRÓJIMO

Por andar como gallinitas ciegas, no nos dimos cuenta: ya pocos juegan a un “pica por todos los compañeros”. ¿Será que cansados de las guerras de Mambrú, de esquivar policías y ladrones, y de que Martín Pescador nos cerrara el paso, optamos por el juego de la taza, y resignados, cada uno marchó para su casa? Por suerte, la calle todavía es libre, y a pesar de que el futuro es una adivinanza sin respuesta, y el presente un rompecabezas, les hago una invitación. Jugar y vivir, o “juvir y vigar”. Aprovechemos ahora que el lobo no está...

Definiciones de juego las hay de todo tipo. Unas provienen de la antropología, otras de la medicina, de la psicología, la sociología, la historia o la filosofía. Como era de esperar, no todas coinciden. Las épocas y sus hombres han sabido transcurrir como sus formas de ver, pensar y jugar. Y si bien muchos de los que han hablado de jugar ya no están, quienes sí permanecemos continuamos jugando, de mejor o peor manera, obligados siempre a continuar esa misteriosa tradición. Porque jugar, así sea al ajedrez o a hacer un doble en la papelera de la oficina, es parte de lo que somos. Como el comer, el amar o el dormir, jugar es parte de nuestra estructura más profunda: es una necesidad vital. ¿No lo sabían? ¡Enhorabuena! ¡Nos quedan muchos juegos por aprender!...

INSTRUCCIONES AL DORSO
La Enciclopedia Salvat define el juego como “la actividad recreativa sometida a determinadas normas”. El filósofo Karl Groos (1861-1945), con una perspectiva propia de su época, consideró el juego como un ejercicio mediante el cual los niños o los animales jóvenes se preparaban para las tareas de la vida de los adultos. Desde la psicología, Lev Vygotski (1896-1934) fue más allá, y entendió el juego no sólo como un rasgo predominante de la infancia sino como un factor básico del desarrollo humano. Y el historiador Johan Huizinga (1872-1945) defendió la tesis de que el juego hace surgir la civilización. Podríamos llenar páginas con definiciones, pero la mayoría hablaría de lo mismo: libertad, compromiso, reglas libremente aceptadas, fantasía y, lo más extraño para muchos, ningún provecho más que la inexplicable alegría de “con-vivir” con otros, de “re-crearnos” a nosotros mismos.

¿NIÑOS JUGANDO?
Sin embargo, el tiempo del juego parece haber terminado. En un mundo altamente competitivo, el juego resulta muchas veces relegado ante la exigente formación que demanda el mercado. Desde los primeros años, los niños tienen agenda propia: escuela, computación, inglés, deberes vigilados, psicólogo... Resultado: por primera vez en la historia, los niños padecen estrés, algo para lo que jugar y descansar son la única cura. Pero la calesita global no se detiene, y los niños tienen cada vez menos tiempo para el juego “inútil”, se transforman en jóvenes y adultos lisiados, con una capacidad innata como la lúdica, atrofiada. Que en el mejor de los casos será sustituida por sofisticados entretenimientos, deportes competitivos, violentos o extremos, juegos de azar y culto a la adrenalina o al vértigo. Espejos de vidas tan aburridas que necesitan de creativos publicitarios y especialistas en marketing para compensar lo que se ha perdido.

JUEGOS DE PODER
“El siglo XX le planteó al hombre fragmentaciones -explica Raimundo Dinello1-: se establece el mundo de la familia, el de la escolarización y el del trabajo; pero no se preservó ningún espacio para el juego, olvidándose que para ser hombre se debe jugar, algo que aún hoy continúa sin ser atendido”. Desde similar perspectiva, el antropólogo Nicolás Guigou señala: “En una sociedad organizada y orientada hacia el trabajo, tenemos que ser serios, porque lo que se reclama es capacidad de trabajo. El desempeño que se pide como signo de responsabilidad y confiabilidad es lo opaco y adusto”. Los resultados de esta reorientación -o mejor dicho, “desorientación”- del individuo y su naturaleza lúdica, son penosos, pero admitidos y legitimados por el discurso dominante.

“No jugar es irresponsable, antinatural y perverso. Hablamos de la colonización de aspectos que hacen al ser humano, que transforman a un sujeto infantil y creativo en un ser mutilado, poco creativo, rígido, con consecuencias sicológicas y antropológicas como neurosis, psicofármacos y violencia”, advierte el antropólogo, para quien el desplazamiento del juego en la vida del ser humano dista mucho de ser un azaroso producto del devenir histórico. “Hablamos de control social, del dominio de la sensibilidad y de las relaciones de los individuos”, concluye. Desde aguas cercanas, el Prof. Dinello atribuye al “aprovechamiento del otro” lo que Guigou atribuye al control social: “Para jugar tienes que ser tú mismo. A los que, ayer como hoy, tienen el poder económico y organizan la producción -explica- no les interesa que el otro tenga tiempo para ser él mismo. Por lo tanto, el juego se sitúa como la única actividad incontrolable para quien quiere aprovechar el tiempo de vida del otro para la producción”.

¿Cuánto tiempo ocupa el juego en la agenda social o en los postulados de derechos humanos? Subestimado, salvo para los especialistas, lo lúdico despierta una condescendiente valoración como mero símbolo de la infancia, convirtiendo en un exabrupto cualquier intento de otorgarle dimensión similar que las causas serias, como la igualdad de género o la libertad de opinión. Este prejuicio no impide a Dinello hacer su reclamo: “La Convención sobre los Derechos del Niño establece que el niño tiene derecho a jugar. También debería serlo para los adultos y jóvenes. De lo contrario, sólo nos queda rechazo, violencia y rebelión. El derecho al juego es una alerta para detener la explotación entre los hombres”.

“LA CALLE ES LIBRE”...
Así respondíamos a las quejas de vecinos avinagrados devotos de la santa siesta... Pero aquel pretérito perfecto ha devenido en un imperfecto presente, donde el espacio público se vuelve cada vez menos público. Para Dinello, esta carencia cultural es un serio obstáculo para la socialización: “En mi infancia, tenía el problema de que al salir a jugar con tus amigos hacías otros nuevos y te alejabas cada vez más de tu casa. Nunca regresabas en hora porque terminabas jugando en barrios que nunca habías visitado”. Esta libertad de desplazamiento en función del juego conlleva, según su visión, un aporte social fundamental: “El ser humano aprende a salir de su egocentrismo y su pequeña territorialidad, construyendo vínculos y afectos con los otros, integrando la ciudad y sus espacios en ese fecundo tejido de relaciones”.

Las consecuencias de que lugares públicos de socialización como plazas, parques y la calle misma, se vayan transformando paulatinamente en sitios de nadie, cediendo al aislamiento y a los espacios segregantes, son evidentes: de un lado, niños jugando en sus casas, o tras los muros de centros sociales y educativos, protegidos por cámaras, guardias y alambres de púas; del otro: niños que nunca sortearán ese mundo de puertas blindadas, convirtiéndose en los “de afuera”, extraños, distintos y peligrosos.

LA MARCA DEL JUEGO
Madera y Negro es el nombre de un emprendimiento creado en 2002, durante la crisis que estremeció el Uruguay, por Federico Beledo2. Comprende un Taller de Juegos y Juguetes artesanales, el Primer Museo Latinoamericano de Juegos y Juguetes Artesanales, un Centro de Formación, Capacitación e Investigación, y el Área de Fomento de Artes y Oficios Rurales.

Para Beledo, plantearse la idea de una juguetería artesanal en aquellas circunstancias parecía una locura. “No había nada ni nadie dedicado a ese tipo de juguetes escasamente comercializables. Caballitos de balancín, trompos, baleros, zancos, cosas que supuestamente ningún niño del presente pide para jugar”. Pero los juguetes dejan su marca, y a veces sólo falta la excusa para que ésta se haga sentir. El 80% de los clientes de Madera y Negro son adultos, personas de más de 30 años, y adultos mayores que compran para ellos, a veces con la excusa de que son para sus nietos. “¿Todavía hay gente que juega al trompo?”, se le pregunta diariamente. “Yo respondo que vendo tres mil o cuatro mil por año, y la misma cantidad de baleros y yo-yo”.

Otro de los móviles que, según Beledo, lleva a muchos a adquirir estos exóticos juguetes de madera sin pintar, es la necesidad de enseñar y compartir con sus hijos o sus nietos los juegos de su infancia. “Vendo memoria”, explica. “Comprar estos juguetes es la excusa para viajar a esos lugares ricos en afecto y bellos recuerdos que necesitamos redescubrir”. ¡Qué profundas resultan las marcas de la infancia rescatadas por los juguetes! ¡Cuánto necesitamos volver allí y recuperar lo olvidado o perdido, cuando, sin mapas, abandonamos la tierra de Nunca Jamás! Quien fabrica juguetes no tiene por qué saberlo, pero las pistas son evidentes... “Hay padres que compran una cachilita o un avión de madera, y el esposo le dice a la esposa, refiriéndose a su hijo: ‘Dáselo para que lo arrastre unas cuadras, pero sacáselo porque lo quiero para la biblioteca”.

SEA INTELIGENTE: ¡JUEGUE!
Jean Piaget decía que “El juego es el caso típico de conducta desperdiciada por la Escuela Tradicional, por parecer desprovisto de significado funcional”. Muchos no nos enteramos. Por el contrario, educados en la bipolaridad escuela-diversión, donde el recreo era una concesión dada a los prisioneros, crecimos bajo el dogma de que para salir a jugar, primero había que hacer los deberes. Y que pedagogía significaba tener niños atornillados a una silla, con los ojos fijos mirando al frente, y la materia gris, lo más gris posible.

Como investigador sobre integración social y cultural a través del juego, pero especialmente sobre el aprendizaje y los factores que lo obstaculizan, el Prof. Dinello reflexiona: “Todo niño comienza a aprender cuando es curioso en su deseo por jugar. Jugando, el niño desarrolla la capacidad de aprender. El juego despierta la curiosidad y motiva el imaginario, factores fundamentales para experimentar el placer de aprender. La escuela se hace aburrida -agrega- porque, actualmente, el aprendizaje se confunde con frecuencia, con la capacidad de memorizar a través de ejercicios de restitución. Hay muy poco espacio para el juego, la curiosidad y el desarrollo de la imaginación, sin los cuales no es posible un aprendizaje inteligente”.

El nuevo paradigma educativo defendido por Dinello opone la integración a lo fragmentario. Integración de todo lo que nos constituye y nos hace humanos. “El juego hace al hombre un explorador y lo incita a experimentar. Su valor está en su función de potenciar la inteligencia a través de la imaginación. El juego sigue siendo lo más natural del ser humano para aprender, crecer y convivir”.

EL PODER INVISIBLE
El cajón de madera convertido en coche de carrera, la muñeca de trapo consentida como la mejor de las amigas... ¿Quimeras infantiles? Cada vez son más los que encuentran en estos inocentes “pasatiempos”, esbozos de un poder invisible capaz de sacar a luz aptitudes y capacidades como la creatividad, la flexibilidad, el espíritu visionario y la solidaridad. Semillas que florecen sin rigores ni imposiciones a la hora del juego y que enriquecerán nuestra vida en el terreno de lo interpersonal, lo laboral y la espiritualidad.

Pero la línea es delgada. El juego, que ha sido presagio y campo de prueba para futuras vocaciones -¿cuantos médicos, carpinteros o peluqueras dieron sus primeros pasos jugando a serlo?- no puede reducirse a lo funcional o utilitario, como un aprendizaje de roles. Sería renegar del juego por el juego mismo, el placer de jugar sin más ambición que el gozo de esa capacidad, expresión propia de lo intangible del ser humano.

“Uno juega a ‘ser’ algo que no somos. Uno hace de cuenta que está en un lugar en el que no está. Lo hipotético, vivir como real lo que no lo es, ser otro, implica la capacidad de creer, despertar la vocación de volver posible lo que parece imposible. Esto desarrolla la mística que lleva a la creencia. Mi actitud ante la vida se desarrolló en este sentido: la capacidad de soñar en lo que no existe, de transformar montañas de arena en mundos a conquistar”, confiesa el fabricante de juguetes.

JUGAR A LO GRANDE
“En el juego se aprende el respeto al otro”, sostiene Dinello. “Se aprenden reglas y la necesidad del otro para seguir jugando. Porque el juego se basa en el respeto al adversario, que es distinto, pero también compañero”. Pero nuestra sociedad uruguaya seria, nostálgica y rígida, bate récords en consumo de estupefacientes, antidepresivos y drogas ilegales. La frustración, la violencia, el consumo o la emigración parecen ser las únicas opciones para los jóvenes, muchos de los cuales no estudian ni trabajan, y al decir de Dinello, “no juegan”. “Algo no anda bien”, agrega Guigou.

¿Será desmesurado intercalar el juego, como un agente educativo y socializante, entre las medidas económicas y los programas de seguridad? Tal vez, desmesuras de este tipo son las que faltan en la agenda. Hoy, el sobrio, maduro, competitivo y nada sensible mundo del empleo, recurre alegremente al juego como estímulo para la integración y el rendimiento de los empleados. “Imaginá una situación en la que setenta personas adultas durante una hora se involucran, con gente desconocida, en una situación de juego. Se pellizcan, se revuelcan, se hacen trampas con una intimidad como la que tenían con sus amigos de infancia. Se rompen límites, se descubre al otro como compañero y como ser humano, y eso genera vínculos y mejora la calidad de las relaciones”, comenta Beledo, que además de su emprendimiento juguetero, lleva más de veinte años realizando Talleres de Formación Humana a través del juego.

¿A QUÉ JUGAMOS?
¿El juego salvará el mundo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que, sin él y sus cualidades, que son propias de la plenitud humana, no llegaremos muy lejos como civilización. Como autor de esta nota, esperaba realizar algo más amigable y ameno, con colores y piruetas... Pero bueno, el viejo de la bolsa anda suelto, y hasta los niños más pequeños rabean y patalean en defensa de sus juegos. No podía ser menos. Por tanto, para compensarles, les propongo dejar que estas palabras jueguen dentro de cada lector; que salten, canten y griten. A ver qué pasa. Tal vez jugar sea la próxima revolución. Les propongo como consigna las palabras de un sabio anónimo: “Ganamos, perdimos, pero igual nos divertimos”. ¿Será un trabalenguas muy difícil?

Miguel Mayobre

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